sábado, 8 de abril de 2017

Náusea

No sé por donde empezar. No se ni como decirlo. Siento una vergüenza profunda. Algo que nace desde la boca de mi estomago. Una náusea por mi condición de hombre. Unas ganas de salir a pedir perdón, de decirles que no todos somos así. Pero eso no sería cierto, de algún modo todos somos así, todos matamos a Micaela, si, yo también mate a Micaela.
Y escribo esto con la náusea encima, como esperando que sólo sea una borrachera, que no sea cierto, que no lo hicimos de nuevo, que no las matamos otra vez. Pero si lo hicimos, porque tenemos total impunidad para hacerlo, porque crecemos con el derecho natural de hacerlo. Por que nos tienen miedo, y las condiciones siguen siendo las mismas para que esto así sea, para que no dejen de temernos.
Por más que digamos #niunamenos, o #vivaslasqueremos, por más que las acompañemos a las marchas, y levantemos sus banderas, tenemos el germen del monstruo adentro.
A nosotros nos enseñaron a mirarlas así, o a usarlas así, a verlas como otro de las tantos objetos útiles a nuestro deseo patriarcal, y la abrazo a mi novia, y pienso en su miedo cuando la subieron a ese auto, o en mi sobrina corriendo con terror mientras uno de nosotros le decía guarangadas desde una camioneta , y la náusea no se va, porque es algo que está tan adentro nuestro, un monstruo alimentado por siglos y siglos de una normalidad fálica y brutal, un monstruo que pese a todos sus esfuerzos por detenernos, sigue creciendo, por eso nos temen, por eso cruzan la vereda, por eso no pueden viajar solas, ni andar solas de noche, porque estamos en todas las esquinas con nuestra enferma manera de mirarlas, y tenemos todas las instituciones a nuestro favor, todas las subjetividades preformateadas a indignarse si intentan revelarse, si pintan una pared o si marchan desnudas.
Y claro que podría hablar de eso también, de la hipócrita manera que tenemos para indignarnos por un par de tetas y el silencio cómplice que sostenemos cuanto matan a una más, todos los días, todos los días, todos los días.
Pero no quiero hablar de eso, lo que quiero es pedirles perdón de algún modo, porque siento vergüenza por mi género, una vergüenza genuina y nauseabunda, pero que no me redime, porque claro que soy culpable, claro que hago un chiste si mi sobrina se pone una pollera corta, claro que habitan en mí los gestos de toda la violencia machista que insiste en presentarse como natural, claro que de algún modo yo también maté a Micaela. No sólo fue el asesino, no sólo fue el juez que lo liberó, no fue sólo el "sistema", como una categoría vacía y anónima, somos nosotros, los hijos sanos del patriarcado, los que pese a todos nuestros esfuerzos por deconstruirnos seguimos siendo cómplices, ya sea por omisión, de la muerta de Micaela.
Por eso, aunque no te conocía, yo también te maté de algún modo Micaela, yo también llevo en mi sangre el ADN cultural que insiste en tratarlas como cosas.
Por eso no diré  #todossomosmicaela para lavar culpas, porque probablemente esté, una vez más, del lado del opresor y no del oprimido, porque seria estúpido pretender sentir el dolor y el miedo que hoy y todos los días las mujeres sienten, y porque los medios usarán la noticia hasta que ya no sea redituable, y porque cambian los rostros y cambian los nombres, pero lo que no cambia, es que mañana uno de nosotros estará esperando en otra esquina para volver a asesinarlas.

Matias de Rioja


jueves, 6 de abril de 2017

Subte

Hace unos días cuando me subí en la estación Congreso y vi un asiento libre en la punta, al lado de la puerta, miré un par de veces a mi alrededor para ver si alguien amagaba a sentarse, y tras unos minutos con el asiento libre decidí a sentarme para poder leer más cómodo.
Me gusta viajar en subte. Me gusta esa sensación de ir bajo tierra, recorriendo la ciudad desde sus entrañas para ir desde un lugar a otro. Y por lo general es difícil conseguir asiento libre para leer. Pero ese día pude. O eso creía. 
Durante un par de estaciones, pude leer muy concentrado un libro de Guebel que me tenia atrapado, hasta que un ruido extraño y molesto me interrumpió. Era un sollozo, una especie de gimoteo que venía de entre el tumulto de gente. Busqué con la mirada unos segundos hasta encontrar el origen del ruido que distraía mi lectura. Provenía de un señor de unos cincuenta años, canoso y de ojos claros. Vestía un pantalón marrón clarito marca "Pampero" y unos botines de trabajo "Ombú".  Lloraba.
Si por lo general es raro e incómodo ver a alguien llorar, más lo es en un vagón lleno de gente, todos  apretados. Por eso quizás mi primer acto reflejo fue poner mis ojos de nuevo en el libro, incomodo, espiando disimuladamente al hombre que sollozaba. (Cierto es también que esto es propio de cualquier espacio, raramente nos detenemos ante alguien que llora, estamos demasiados ocupados para llegar a ningún lado). 
Mientras lloraba, el hombre hablaba por teléfono, y en su balbuceo se escuchaba un "no sé como voy a seguir hermano, no sé como voy a hacer, cómo se lo digo a mi familia...", con una angustia tal que volvía imposible seguir leyendo. Quizás por eso, y quizás un poco por oficio cuando terminó de hablar por teléfono, saqué de mi mochila un pañuelo descartable y estirándome un poco, le toqué la mano para alcanzárselo. Lo aceptó haciendo un gesto como quien da las gracias. Intenté inútilmente seguir con la lectura, más para defenderme de la angustia que la situación me generaba que por ganas reales de seguir leyendo. 
Llegando a la estación Primera Junta, vi que el hombre de mirada triste se acercaba hasta la puerta, cerca de donde yo estaba. (los que viajamos en subte sabemos que una estación antes tenemos que acercarnos al lado de la puerta, siempre está el miedo de no poder bajar a tiempo).
Ahora que estábamos próximos, fue él quien me tocó el hombro. Me volvió a agradecer. Le dije que no había nada que agradecer, y le pregunté si quería otro pañuelo pero se negó a aceptarlo. En mi cabeza había mil preguntas ¿Por qué lloraba?, ¿cómo ayudarlo?, ¿podía ofrecerle algo más que un pañuelo? (Muchos de los que estábamos ahí nos hacíamos estas preguntas). 
Llegando a la estación, nuestras miradas volvieron a cruzarse y casi sin pensarlo me salió preguntarle qué había pasado, si podía ayudarlo en algo (gajes del oficio otra vez, supongo). Me respondió entrecortadamente: "Me acaban de echar del laburo, a mi y a 24 compañeros más... reducción de personal". Sólo atine a decir:  "Miserables". 
Las puertas del subte se abrieron y el hombre estiró su mano para saludarme, nos apretamos la mano tibiamente y bajó con su ropa de trabajo que el otro día no podría usar. Me quedé en el vagón del subte, con el libro abierto en mis piernas, con toda la angustia flotando en el aire, pensando que no le pregunté el nombre, que tampoco le di el mío, ni mi teléfono, ni nada. 
Llegue a casa contrariado, reprochándome no haberle dado ni siquiera mi teléfono. Apenas vi a mi compañera le comente la escena. Mi libro, el sollozo, la ropa de trabajo, la tristeza en la mirada, el apretón de manos final, mi incapacidad de ofrecerme. Ella me escucho tranquilamente y con su sensatez habitual me respondió: dejá de echarte culpas, ese hombre no va a necesitar un psicólogo, o quizás sí, pero lo que seguro va a necesitar es un laburo.
Ahora que escribo estas líneas, entiendo que tal vez ella tiene razón, que mientras nos quieren llenar la cabeza de odio -los mismos que prometieron alegría-, la tristeza gano las calles. Que ese día veinticinco personas más se quedaron sin trabajo y que seguro, no saldrá en ningún lado. 
Porque la verdad mediática insiste en negar la realidad con sus debates de circo macabro, invirtiendo moralidades, manipulando estados de ánimo, imponiendo una "normalidad" hecha a su medida, una normalidad perversa y meritócrata, mientras lo real se impone en todas partes.
Hasta debajo de la tierra, donde leer ya no se puede porque la angustia también viaja en el subte.


Matias de Rioja


jueves, 16 de marzo de 2017

Sobre el adiós

¿Desde dónde hablar sobre el adiós?
¿Desde qué lados?
¿Desde la mano que titubea al despedirse o
desde los ojos que resisten la partida?

¿Y de quién es el adiós?
¿A quién le pertenece?
¿A quien busca dejar atrás eso que lo habita,
los calvarios bajo piel,
el cadáver de otros días,
un durante que se volvió amarra?
¿O de quien se rehúsa a despedirse,
de quien resiste en un abrazo que agoniza,
de quien ruega un poco más?

¿Es el adiós necesariamente un límite?
¿Un punto final implorando distancia?,
¿o se dice adiós deseando lo que aún se ignora?

¿Y de qué está hecho el adiós?
¿De memoria muerta,
de existencia opaca,
de amor perecedero?
¿o de obstinada persistencia,
de imposible olvido,
de herida siempre abierta?

Y quien dice adiós,
¿sabe acaso lo que dice?
¿De qué se está despidiendo?
¿Alcanza acaso decir adiós para despedirse?
¿O es sólo una coartada cobarde,
un vano intento por alejarse de aquellos que son uno,
corazones de carne ajena que irrigan nuestra sangre?

¿Y cuántas caras tiene el adiós?
¿Alguien vió sus fotos?
¿Un único y solitario rostro que condensa todo lo que se despide?
¿O una serie infinita de miradas que insisten en volver?

Y por último,
¿Cuál es el sentido del adiós?
¿Agachar la mirada como quien acepta lo irreversible del tiempo?
¿Una suerte de flor que se deja en el cementerio del pasado?
¿O se dice adiós con los labios llenos de esperanza?
¿Con el temblor de todo el cuerpo?,
¿Con la vida en la garganta,
empecinada en darnos 
otra oportunidad?



Matias de Rioja


miércoles, 15 de marzo de 2017

La culpa no es del chancho

Es difícil cuidar a mamá. Y no quiero decir con esto que mamá sea una mujer difícil.  Acaso lo difícil, lo realmente complejo es que mamá se deje cuidar por nosotros. Es que supongo que esa inversión de roles, ese dejar de cuidar para pasar a ser cuidada, dispara toda una suerte de resortes hasta ahora ignorados por todos.
Porque de pronto es ella la que está en una cama necesitando que le arrimen un vaso de agua, tomar algún remedio y hay que estarle encima para que cumpla con las sugerencias de la doctora de que no haga esfuerzos.
Y un poco entiendo que sea difícil para mamá dejarse cuidar, porque debe ser complicado para alguien que siempre fue una usina de regalar cuidados, esa transición, ese pasaje.
Por eso cuando se enoja, cansada de que le estemos encima y medio nos ladra pidiéndonos que la dejemos tranquila, y me pregunta si me traje abrigo porque afuera está frío, si es cómoda la cama donde estoy durmiendo, o pidiéndome que me fije si mi hermana esta comiendo bien, algo adentro mío alcanza a comprender.
Porque entiendo que es una voz irrenunciable la que habla, que por más reposo, retorcijones  y dolor constante, ella no puede con ese oficio, con ese obstinado deseo de cuidar que en ella tanto abunda y en otros lados tantas veces escasea.
Entonces mi hermano la reta y le dice que se deje de joder, que ahora nos toca a nosotros, que es tiempo de dejarse cuidar, y ella lo mira con su sonrisa eterna y todos nos reímos un poco. Porque sabemos que somos medios nuevos en esto, y a mi me viene a la cabeza esa frase que tanto repite mamá, esa de que "la culpa no es del chancho, si no de el que le da de comer", y se la digo mientras le alcanzo otro vaso de agua, porque la doctora nos dijo que tenía que tomar mucha agua, y cuando escucha de mi boca está frase tan suya, ella se ríe otra vez. Porque en el fondo mamá sabe que tengo razón, sabe aunque nunca diga nada, con esos saberes que son cuerpo y no palabra, ella sabe que no hubo un día desde que yo tengo memoria que no estuviera cuidándonos cotidianamente, habitando ese espacio tan delicado que es proteger desde la libertad. Ella sabe que todo esto es culpa suya, que si ahora estamos dándole vueltas alrededor, como lobos defendiendo su guarida, y mi hermano que siempre anda como loco detiene su mundo porque hay que cuidar a mamá, y mi hermana hace meses no descansa para conseguirle todos los turnos, y ya no le molesta cuando le dicen "sos igual a tu mamá", y yo me hago los kilómetros que sean necesarios para acompañarla un poco, si nosotros hacemos lo que hacemos es porque fue mamá la que nos enseñó que el amor es antes que nada un acto, que hay que ofrecerse siempre para alojar el dolor ajeno, a multiplicar hospitalidad y agregar un plato aunque la comida sea poca.
Si, aunque le sea difícil dejarse cuidar, la culpa no es del chancho, y entonces sólo nos queda repetir sus gestos, su continuo maternaje, ese ejercicio constante de desplegar ternura del que nos nutrimos tanto.

domingo, 5 de marzo de 2017

Desatanudos

Hoy es uno de esos días en que amanezco hecho un nudo. Esa suerte de habito dominguero que me cierra sobre mi mismo, y torna casi imposible encontrar la punta que me desate.
Y sé que soy un cliché, que no hay ninguna originalidad en esto. Que soy parte de una horda infinita de neuróticos que coincidimos en teñir los domingos en una telaraña de contradicciones.
Y mientras me alcanzás un mate me preguntás que me pasa, y cuando te quiero contar no se bien por donde empezar. Busco una razón sensata, esgrimo alguna hipótesis, hago silencio para darme tiempo, hasta terminar de nuevo en el corazón del nudo, sin palabras y con las lagrimas en la punta de la lengua.
Como si no pudiera dejar de repetir las mismas rutas mentales que me llevan a chocar conmigo, y todo dentro mío es un embotellamiento de ideas que no encuentran otro camino que la angustia y el desasosiego.
Y camino la casa con el ceño entre fruncido, queriendo estar lejos de mí todo el tiempo, y me tiro en la cama otro rato, como un acto reflejo que me permita seguir dándome lástima, entonces vos te me acercas con la excusa de preguntarme que tengo ganas de comer, y ponés el disco que sabés que me gusta, me susurras unas palabras y me das un beso cómplice hasta dejarme solo nuevamente.
Y te veo irte de la habitación con ese andar sencillo, y te detenés para regalarme un último gesto, me mirás haciendo una mueca con toda la cara, obligándome, pese a que no quiera, a que se me escape una sonrisa.
Y entonces me doy cuenta que un nudo nunca se desata solo, que para salir de uno necesitamos otro que tire de la punta del ovillo, que no hay miseria que se soporte sola, y que vos sos mi desatanudos, quiero decir, mi camino hacia el sosiego, la ruta necesaria para curarme de mi mismo.

Matias de Rioja

domingo, 5 de febrero de 2017

Mar

Ando como distraído.
Son días en que buceo dentro mío buscando
eso que no aparece.
Y cierta frustración me invade. 
El temor de no encontrar la forma
de que el deseo se oriente. 

Eso pensaba mientras mirábamos el mar
y me abrazabas.
En esa manía que tengo de rascarme el ego.
El ejercicio de buscarme y no encontrarme,
de andar perdido en un ovillo de dudas,
temeroso de decepcionarme
y decepcionarte.

Y mientras pensaba en todo esto,
vos apoyaste tu cabeza en mi hombro
despabilándome con un gesto
y entendí que hacia rato estaba equivocado.

Que el habito de mirar para dentro
estaba agotado;
que el deseo nunca encontrará
las palabras adecuadas,
que la búsqueda de uno
 siempre parte desde otros,
y que en vos hacia rato me había encontrado.

Y  que acaso la felicidad sea eso. 
El silencio de uno mismo,
mientras el mar nos mira
y yo persista en tu abrazo. 

viernes, 3 de febrero de 2017

Hablando del llanto

No me animé a preguntarle el nombre, ni acercarle un pañuelo, no quería interrumpirla. Pero quería decirle que una vez yo también lloré como ella. Para ser honestos, más de una vez. Por eso cuando la escuché llorar, sentada atrás mio en el colectivo intentando inútilmente contener su llanto, no pude dejar de recordar aquella vez que lloré tan fuerte como ahora lloraba ella. 
Es ese tipo de llanto incontenible, esa congoja que sale como un desgarro desde adentro del esófago, ese que encuentre donde nos encuentre no podemos detener, un llanto universal, un llanto que hoy era de ella, pero que alguna vez también fue mío. 
Y mientras la escuchaba llorar, mientras oía su fallido esfuerzo para disimular su gimoteo, esa angustia que parece dejarnos sin aire, me vino la imagen de mi llanto también en un colectivo. 
Ella mirándome desde abajo, yo desde arriba, el vidrio que nos separaba y una mano despidiéndose como pidiendo perdón. Yo no pudiendo contener mis lágrimas, yo que no entendía por qué tenía que ser así, por qué el amor tenía que estar tan pegado al sufrimiento, yo sintiendo que un pedazo mío era arrancado de la boca de mí estómago, que me arrebataban una parte de mi alma, con ese agujero en el medio, con esa sensación de vacío, intentando esconder mis lágrimas para que el señor de al lado no me viera llorar, porque no está bien llorar en público, menos siendo hombre, aunque ese señor testigo de todo, (de quien nunca supe el nombre), me dijera cálidamente que no tuviera vergüenza, que llorara tranquilo, que la tristeza ya iba a pasar, mientras yo le agradecía con una sonrisa tibia, y mi pecho no dejaba de gemir, sintiéndome roto, con la certeza de que quedaría así para siempre, lleno de lágrimas y mocos, creyendo que algo mío se estaba muriendo con ella, hasta que finalmente me pude dormir. 
Y ahora que pasaron tantos años, ahora que viajo en otro colectivo, pero no estoy despidiendo a nadie, ahora que me agarran fuerte de la mano mientras se hacen un bollo para dormirse a mi lado, quería decirle a la chica de atrás lo que ese señor anónimo me dijo aquella vez, decirle que llore tranquila, que no tenga vergüenza, que la tristeza va a pasar, que de verdad ese llanto se detendrá un día, y aunque hoy sienta que algo está muriendo, quizás sólo se trate de estar aprendiendo. 
Que el amor que dejamos en los otros vuelve desde el mismo amor que nos tuvieron, que es cierto lo que decía Lavoisier, eso de que nada se pierde, que todo se transforma. Que aunque hoy sienta su cuerpo partido al medio, seguro está mutando hacia otra cosa, que aunque suene estúpido a veces el dolor es necesario, que está bien despedirse, que está bien llorarlo todo como decía Girondo, pero que nada está roto dentro suyo, que ese agujero que hoy siente estará lleno de rostros en un tiempo, que el pasado es quizás la única garantía de existencia, que el amor no se pierde, que el amor siempre vuelve. Y que quizás la próxima vez que suba a un colectivo, no estará sola, que ya llegara el día que alguien se haga un bollo a su lado mientras la agarran fuerte, muy fuerte, de la mano.