A algunos les parece raro, pero yo soy hincha de dos equipos. Es que en el interior suele ser así, uno es hincha del equipo de su pueblo, equipo al que vamos a ver a la cancha que suele quedar cerca, y de un equipo de Buenos Aires, que por lo general miramos por tele.
Así que yo soy hincha de Cipolletti y de Racing. Si, soy de Cipo y Racing como mi papá.
Y lo curioso es que ahora que vivo en Buenos Aires, cerquita de Avellaneda, no me gusta ir muy seguido a la cancha. Eso un poco les llama la atención a mi familia, me reprochan que ahora que estoy tan cerca, no aproveche para ir más seguido.
Pero que sé yo, como que no me gusta mucho eso de ir solo a la cancha.
Será que algo adentro mío está acostumbrado a ir a la cancha con mi viejo. Quiero decir, desde que tengo memoria siempre fui a la cancha con él.
Recuerdo por ejemplo que cuando era chico, los domingos íbamos a comer tallarines en la casa de mi abuela que vivía cerca del club. Entonces después de comer, el ritual era ir caminando juntos esas cuadras que separaban la cancha de la casa de mi abuela. Siempre caminando con mi viejo y con mi hermano mayor.
Después mi hermano mayor dejó de ir, y yo seguí yendo con mi viejo y algunos amigos de la adolescencia, y años más tarde, se sumaria al ritual mi hermano menor.
Y a mi siempre me llamó la atención que a mi viejo lo saludara tanta gente cuando entrabamos a la cancha. Ir a la popular y escuchar el grito de "Gallego" desde distintos lados de la tribuna, casi siempre saludándolo con alguna chicana futbolera sobre Racing, y el retrucando el chiste con una sonrisa.
Y hoy que es domingo, y no estoy con mi viejo preparándome para ir a ver a Cipo, empiezo a entender los motivos de porqué desde que estoy acá no me gusta ir a la cancha.
Es que toda mi relación con el fútbol, todas mis alegrías y mis tristezas, tuvieron siempre a mi viejo como testigo y compañero.
Y me atrevo a decir, que en el fondo para mi el fútbol no es más que una excusa. Si, eso una excusa, una coartada, un vehículo para estar cerca de mi viejo. Una manera lúdica y pasional que nos hizo, nos hace, cómplices.
Por eso me gusta cuando mi viejo me manda un mensaje o me llama por teléfono contándome de las ultimas novedades del Club. En el fondo sé que esa es su manera de saber como estoy. De saber si estoy bien en Buenos Aires, si me hace falta algo.
Si, ahora comprendo que quizás por eso no me gusta ir a la cancha ahora que estoy lejos.
Me siento raro cuando entro y no escucho que gritan "Gallego" desde la tribuna, no verte fumar un cigarrillo tras otro cuando la pelota no entra, no escuchar alguna de tus puteadas poéticas que despiertan la carcajada de los que estamos cerca, y sobretodo extraño gritar un gol y no tener tu abrazo viejo.
Porque quizás al final uno es hincha de los que ama, y yo más que de Cipo o Racing, yo soy hincha tuyo, viejo. Yo soy el hijo del gallego, soy hijo del tipo que todos saludan desde la tribuna, el que siempre tiene un chiste a mano y del cual tengo la ilusión de heredar, además de sus colores, alguno de sus gestos.
Y pienso que al fin de cuentas para eso deben servir las pasiones, para compartirlas con los que son parte de uno.
Por lo menos para eso me sirve a mi el fútbol, para abrazarme en las buenas y en las malas con vos viejo, para abrazarme con el gallego, el tipo que me enseñó, que el fútbol como la vida, se disfruta con los que uno ama.
domingo, 18 de junio de 2017
lunes, 12 de junio de 2017
Higui
Hace unos meses tuve que buscar la noticia de quien era Higui y así pude enterarme como estaba presa por defenderse cuando diez tipos la quisieron violar, mientras le decían que la iban a "hacer sentir mujer, lesbiana de mierda" y enterarme como defendiéndose mató de una puñalada en el pecho a uno de los diez tipos que querían violarla.
Y tuve que buscar en las redes para averiguar quien era Higui porque en la tele no salía nada. Ahí me enteré que Higui es mujer, es pobre, y es lesbiana, todas figuras de la alteridad negada. También me enteré que Higui en realidad se llama Eva, pero le dicen Higui porque le gustar jugar al fútbol y le gusta atajar, como Higuita, el arquero Colombiano que invento el escorpión, esa famosa atajada.
Claro que de todo esto me enteré por las noticias que compartían mis amigxs en las redes, es que en la tele no salía nada, es que capaz el intento de violación de una mujer pobre y lesbiana no garpa ni da rating, y seguros están preocupados por el Bailando de Marcelo que ya va por su centésima temporada.
Y hoy de pronto después de tantos meses, mi muro esta inundado con la noticia de que Higui quedó en libertad (al menos hasta el juicio). Y mis amigxs, las que desde el principio fueron parte de la lucha, festejan, celebran, comparten otra vez su foto, cuentan de sus lágrimas, de su emoción, y se hermanan.
Y yo, machito heterosexual, blanco y clase media que fui viendo todo el proceso por las redes, (o en los medios alternativos, porque como ya les dije, en la tele nunca salía nada), que veía como pedían libertad en cada marcha a las que tampoco fui porque siento que no es momento de ser centro, sino de aguantar la periferia (aunque algunos amigxs se enojen por esto), yo que compartí alguna que otra noticia de esas que compartían mis amigas en las redes pidiendo la libertad de Higui, yo siento una alegría profunda, de esas alegrías que abren un poco el horizonte en estos días de odio, una alegría que convive con un poco de vergüenza, como queriendo no meterme del todo en un festejo que no me merece pero comparto.
Porque hace meses vengo viendo amigxs pidiendo su liberación en las redes, amigxs poniendo el nombre de Higui en su foto de perfil, amigxs pidiendo su libertad en todas las marchas.
Y hoy que Higui quedó libre, hoy que mi muro está inundado por la alegría de las que pelearon desde el principio por su libertad, hoy que este sistema jurídico hipócrita y patriarcal tuvo que retroceder ante la organización de tantas y tantas mujeres que no paran de juntarse para subvertir esta moralidad perversa, imponiendo cuerpo a cuerpo un nuevo orden ético pese a que todavía las matamos a diario, pese a que deban soportar la misoginia de aquellos que las llaman feminazis, (quizás temerosos de lo se viene), hoy que Higui quedó libre y se podrá abrazar con todas las que por ella marcharon, con su cuerpo de mujer pobre y lesbiana, un cuerpo cargado con siglos y siglos de violencia naturalizada, hoy que cuando Higui termine de llorar y abrazarse, se podrá poner los guantes y atajar en un picado con las pibas, hoy la justicia es un poco menos ciega.
Y hoy escribo todo esto porque la alegría es también una forma de la resistencia, y porque siento que hoy la puñalada de Higui es la puñalada de tantas y tantas que luchan para no vivir con el miedo cotidiano de ser violadas, empaladas, o asesinadas, una puñalada directo al corazón de este sistema clasista y macho, que por un momento fue vencido por la sororidad de las que lograron que Higui este libre finalmente, aunque no salga en la tele, aunque apenas salga en los diarios, aunque a muchos les indigne la puñalada mortal de una mujer que no dejó que la violaran, aunque a muchos les duela la libertad de una mujer pobre y lesbiana.
Y tuve que buscar en las redes para averiguar quien era Higui porque en la tele no salía nada. Ahí me enteré que Higui es mujer, es pobre, y es lesbiana, todas figuras de la alteridad negada. También me enteré que Higui en realidad se llama Eva, pero le dicen Higui porque le gustar jugar al fútbol y le gusta atajar, como Higuita, el arquero Colombiano que invento el escorpión, esa famosa atajada.
Claro que de todo esto me enteré por las noticias que compartían mis amigxs en las redes, es que en la tele no salía nada, es que capaz el intento de violación de una mujer pobre y lesbiana no garpa ni da rating, y seguros están preocupados por el Bailando de Marcelo que ya va por su centésima temporada.
Y hoy de pronto después de tantos meses, mi muro esta inundado con la noticia de que Higui quedó en libertad (al menos hasta el juicio). Y mis amigxs, las que desde el principio fueron parte de la lucha, festejan, celebran, comparten otra vez su foto, cuentan de sus lágrimas, de su emoción, y se hermanan.
Y yo, machito heterosexual, blanco y clase media que fui viendo todo el proceso por las redes, (o en los medios alternativos, porque como ya les dije, en la tele nunca salía nada), que veía como pedían libertad en cada marcha a las que tampoco fui porque siento que no es momento de ser centro, sino de aguantar la periferia (aunque algunos amigxs se enojen por esto), yo que compartí alguna que otra noticia de esas que compartían mis amigas en las redes pidiendo la libertad de Higui, yo siento una alegría profunda, de esas alegrías que abren un poco el horizonte en estos días de odio, una alegría que convive con un poco de vergüenza, como queriendo no meterme del todo en un festejo que no me merece pero comparto.
Porque hace meses vengo viendo amigxs pidiendo su liberación en las redes, amigxs poniendo el nombre de Higui en su foto de perfil, amigxs pidiendo su libertad en todas las marchas.
Y hoy que Higui quedó libre, hoy que mi muro está inundado por la alegría de las que pelearon desde el principio por su libertad, hoy que este sistema jurídico hipócrita y patriarcal tuvo que retroceder ante la organización de tantas y tantas mujeres que no paran de juntarse para subvertir esta moralidad perversa, imponiendo cuerpo a cuerpo un nuevo orden ético pese a que todavía las matamos a diario, pese a que deban soportar la misoginia de aquellos que las llaman feminazis, (quizás temerosos de lo se viene), hoy que Higui quedó libre y se podrá abrazar con todas las que por ella marcharon, con su cuerpo de mujer pobre y lesbiana, un cuerpo cargado con siglos y siglos de violencia naturalizada, hoy que cuando Higui termine de llorar y abrazarse, se podrá poner los guantes y atajar en un picado con las pibas, hoy la justicia es un poco menos ciega.
Y hoy escribo todo esto porque la alegría es también una forma de la resistencia, y porque siento que hoy la puñalada de Higui es la puñalada de tantas y tantas que luchan para no vivir con el miedo cotidiano de ser violadas, empaladas, o asesinadas, una puñalada directo al corazón de este sistema clasista y macho, que por un momento fue vencido por la sororidad de las que lograron que Higui este libre finalmente, aunque no salga en la tele, aunque apenas salga en los diarios, aunque a muchos les indigne la puñalada mortal de una mujer que no dejó que la violaran, aunque a muchos les duela la libertad de una mujer pobre y lesbiana.
Matias de Rioja
miércoles, 24 de mayo de 2017
LLaves
Me quedé pensando en tu pregunta, Mauro. Esa de si estaba seguro. Y la verdad que me da un poco de gracia que me lo preguntes justo vos. Porque si algo sabés, si de algo te has burlado muchas veces es que yo no suelo estar seguro nunca de mis decisiones. Y quizás hasta admire un poco a esa gente, a esos que cuando les preguntás, responden sin titubear, convencidos de cada paso que dan, como si vivieran en un universo repleto de certezas.
Pero yo no, Mauro, lo mío vos bien sabés que son las dudas, los rodeos, los titubeos, esto de darle tres o cuatro vueltas a las cosas antes de decidir. Por eso te decía que eligieras vos los vinos, o dónde querías parar a comer cada vez que andábamos de viaje, porque sabía que mis dudas te ponían nervioso.
Y si lo pienso un poco, fue siempre así. La mayoría de mis decisiones vitales, aquellas que cambiaron el curso de mis días y configuraron mi existencia, fueron decisiones de las que nunca estuve del todo seguro. Así decidí estudiar lo que estudié, así acepte mi primer trabajo, así decidí dejar la casa materna, así decidí publicar mi primer libro, y así decidí irme de mi pueblo para venirme a vivir a Buenos Aires. Siempre dudando.
Pero, ¿sabes qué, Mauro? Yo ya aprendí que la seguridad no es un atributo que me habite, y en el fondo creo que eso de la certeza es un argumento frágil, por eso tal vez yo elija moverme siempre para donde me lleva la alegría y no la certeza. Y no te hablo de esa alegría que convirtieron en un negocio, Mauro, no hablo de ese eslogan berreta, de esa revolución que prometieron mientras estaban llenos de rencor, hablo de otra alegría, hermano, de la alegría profunda, la que multiplica y rompe mismidad, de la alegría de encontrarse con el otro y en el otro, de esa alegría que es potencia y es deseo.
Y no sabes la alegría que a mi me da pasar mis días con ella, Mauro, lo asombrosamente fácil que es estar juntos, la libertad que tenemos para poder dudar tranquilos, sin tener que fingir todo el tiempo que tenemos todas las respuestas. Porque vos sabés que la vida es un bicho complejo, que los caminos pueden ser muchos, y las contradicciones son una necesidad, pero cuando estoy con ella no me creo con la pedante obstinación de esgrimir seguridades.
Entonces ando con esta permanente sensación de alegría desde hace mucho tiempo, Mauro, y para mi eso es el horizonte. Y si bien nunca estaré seguro de mis decisiones, ni por qué esa carrera, ni por qué ese trabajo, ni esa ciudad, y tampoco sabré si el amor es razón suficiente para construir un destino, si estoy convencido que lo es la alegría. Quiero decir, no creo en ningún futuro que no tenga la alegría como punto de partida, y a mi se me inunda el pecho como un idiota cada vez que la veo, Mauro, cada vez que me pide que le prepare un mate, o la abrace un rato más, una alegría que me hace escribirte con los ojos húmedos mientras voy en el ciento sesenta a buscar las llaves de nuestra casa, la casa en la que siempre tendrás un colchón, Mauro, la casa en la que decidimos irnos a vivir con todas nuestras dudas, preguntas y ternura, la casa a la que nos llevamos esta profunda alegría de estar juntos.
Matias de Rioja
Matias de Rioja
martes, 9 de mayo de 2017
Sanar
No fueron mariposas en la panza.
Ni las manos sudadas,
ni temblor en todo el cuerpo,
(bueno si quizás al principio,
hasta que hiciste aquel chiste
que descomprimiría todo),
que descomprimiría todo),
fue más bien algo entre la risa cómplice
y el silencio.
No fue un volcán en erupción,
ni una desesperada necesidad
ni temor al desencuentro,
fue más bien la sensación
de manos calentitas junto al fuego.
No perdí la cabeza,
(tal vez alguna vez),
ni recurrí a promesas falsas,
no sucumbí a mis repeticiones,
ni hubo terror a lo incierto,
fue más bien una calma ternura
creciendo.
Y aunque algo dentro mío
le intrigaba esta ausencia
de convulsiones,
esta anemia de histrionismos,
me fui dejando llevar
por una certeza de
sonrisa abierta.
Y lo digo ahora,
que ya ha pasado tanto tiempo,
porque todavía me conmueven
los mismos gestos.
Tu manera de enseñarme
que quizás el amor no es drama
y desamparo,
sino más bien cotidiana compañía e
intenso sosiego.
Sí, ni mariposas en la panza,
ni erupciones volcánicas,
ni temblores histéricos,
lo nuestro fue desde el principio
la búsqueda por
deconstuir el amor propiedad,
es decir lo nuestro fue siempre
un intento de
aprehender el amor de nuevo.
Quiero decir,
quizás no sea cierto que el amor
deba rozar la locura,
no hay ningún coraje en aquello
que goza en lo enfermo.
Por eso nunca se trató de estar loco por vos,
porque el amor acaso sea una
potencia del deseo
y no de la necesidad,
potencia del deseo
y no de la necesidad,
y que quizás el amor sea
entonces
el humilde ejercicio de
estar sano junto a otro.
lunes, 10 de abril de 2017
Licantropía
Ahí van las hienas,
con su obsesiva manera de escupir condenas.
Habitando todos los cafés,
sentados en todas las mesas,
con su sabiduría rancia,
sacándose restos de comida entre los dientes.
Algo habrán hecho dicen, y se ríen las hienas.
Son todos vagos dicen, y festejan dándose palmadas.
Que vuelvan los milicos dicen, escondiéndose en su chiste.
Hay que molerlos a palos así aprenden, dicen
buscando complicidad.
Repitiendo su racimo de sentencias,
las hienas van detrás de la noticia que le ofrecen,
destilan un odio visceral a todo lo otro,
a toda diferencia con ellos mismos,
mirándose siempre al espejo que es la tele
en búsqueda de una verdad.
Negros de mierda, dicen y se excitan.
Quiero ver cuando te pase a vos,
dicen mostrando sus colmillos.
No tienen solución,
repiten las hienas sedientas de diagnósticos,
convencidas de su moral,
sus buenas costumbres
y sus impuestos al día.
Incapaces de ver historias y contextos,
pero adictos a la meritocracia,
las hienas se muestra apolíticos y racionales,
donando sus sobras orgullosos
y persignándose frente a todas las iglesias.
No entienden de alteridad ni de mesura,
confunden solidaridad con limosna,
sólo piden justicia cuando los barrios tienen asfalto,
y el roce con la pobreza les hace girar
la cabeza para el costado.
Las hienas pululan por todos lados,
disimulándose en manada,
y aunque nos quieran imponer su miedo,
no queda otra alternativa que tomar aire
y enfrentarlas.
Con la hospitalidad y la palabra,
sin levantar la voz y con la guardia baja,
llenando de interrogantes
su crisol de censuras,
sabiendo sostenerles la mirada.
Y entonces buscarlos en lo profundo de sus ojos
con la esperanza de encontrarnos,
en un gesto amoroso,
en un gesto amoroso,
en ese resto de ternura que seguro los habita
desde antes,
mucho antes,
que les envenenaran el alma.
sábado, 8 de abril de 2017
Náusea
No sé por donde empezar. No se ni como decirlo. Siento una vergüenza profunda. Algo que nace desde la boca de mi estomago. Una náusea por mi condición de hombre. Unas ganas de salir a pedir perdón, de decirles que no todos somos así. Pero eso no sería cierto, de algún modo todos somos así, todos matamos a Micaela, si, yo también mate a Micaela.
Y escribo esto con la náusea encima, como esperando que sólo sea una borrachera, que no sea cierto, que no lo hicimos de nuevo, que no las matamos otra vez. Pero si lo hicimos, porque tenemos total impunidad para hacerlo, porque crecemos con el derecho natural de hacerlo. Por que nos tienen miedo, y las condiciones siguen siendo las mismas para que esto así sea, para que no dejen de temernos.
Por más que digamos #niunamenos, o #vivaslasqueremos, por más que las acompañemos a las marchas, y levantemos sus banderas, tenemos el germen del monstruo adentro.
A nosotros nos enseñaron a mirarlas así, o a usarlas así, a verlas como otro de las tantos objetos útiles a nuestro deseo patriarcal, y la abrazo a mi novia, y pienso en su miedo cuando la subieron a ese auto, o en mi sobrina corriendo con terror mientras uno de nosotros le decía guarangadas desde una camioneta , y la náusea no se va, porque es algo que está tan adentro nuestro, un monstruo alimentado por siglos y siglos de una normalidad fálica y brutal, un monstruo que pese a todos sus esfuerzos por detenernos, sigue creciendo, por eso nos temen, por eso cruzan la vereda, por eso no pueden viajar solas, ni andar solas de noche, porque estamos en todas las esquinas con nuestra enferma manera de mirarlas, y tenemos todas las instituciones a nuestro favor, todas las subjetividades preformateadas a indignarse si intentan revelarse, si pintan una pared o si marchan desnudas.
Y claro que podría hablar de eso también, de la hipócrita manera que tenemos para indignarnos por un par de tetas y el silencio cómplice que sostenemos cuanto matan a una más, todos los días, todos los días, todos los días.
Pero no quiero hablar de eso, lo que quiero es pedirles perdón de algún modo, porque siento vergüenza por mi género, una vergüenza genuina y nauseabunda, pero que no me redime, porque claro que soy culpable, claro que hago un chiste si mi sobrina se pone una pollera corta, claro que habitan en mí los gestos de toda la violencia machista que insiste en presentarse como natural, claro que de algún modo yo también maté a Micaela. No sólo fue el asesino, no sólo fue el juez que lo liberó, no fue sólo el "sistema", como una categoría vacía y anónima, somos nosotros, los hijos sanos del patriarcado, los que pese a todos nuestros esfuerzos por deconstruirnos seguimos siendo cómplices, ya sea por omisión, de la muerta de Micaela.
Por eso, aunque no te conocía, yo también te maté de algún modo Micaela, yo también llevo en mi sangre el ADN cultural que insiste en tratarlas como cosas.
Por eso no diré #todossomosmicaela para lavar culpas, porque probablemente esté, una vez más, del lado del opresor y no del oprimido, porque seria estúpido pretender sentir el dolor y el miedo que hoy y todos los días las mujeres sienten, y porque los medios usarán la noticia hasta que ya no sea redituable, y porque cambian los rostros y cambian los nombres, pero lo que no cambia, es que mañana uno de nosotros estará esperando en otra esquina para volver a asesinarlas.
jueves, 6 de abril de 2017
Subte
Hace unos días cuando me subí en la estación Congreso y vi un asiento libre en la punta, al lado de la puerta, miré un par de veces a mi alrededor para ver si alguien amagaba a sentarse, y tras unos minutos con el asiento libre decidí a sentarme para poder leer más cómodo.
Me gusta viajar en subte. Me gusta esa sensación de ir bajo tierra, recorriendo la ciudad desde sus entrañas para ir desde un lugar a otro. Y por lo general es difícil conseguir asiento libre para leer. Pero ese día pude. O eso creía.
Me gusta viajar en subte. Me gusta esa sensación de ir bajo tierra, recorriendo la ciudad desde sus entrañas para ir desde un lugar a otro. Y por lo general es difícil conseguir asiento libre para leer. Pero ese día pude. O eso creía.
Durante un par de estaciones, pude leer muy concentrado un libro de Guebel que me tenia atrapado, hasta que un ruido extraño y molesto me interrumpió. Era un sollozo, una especie de gimoteo que venía de entre el tumulto de gente. Busqué con la mirada unos segundos hasta encontrar el origen del ruido que distraía mi lectura. Provenía de un señor de unos cincuenta años, canoso y de ojos claros. Vestía un pantalón marrón clarito marca "Pampero" y unos botines de trabajo "Ombú". Lloraba.
Si por lo general es raro e incómodo ver a alguien llorar, más lo es en un vagón lleno de gente, todos apretados. Por eso quizás mi primer acto reflejo fue poner mis ojos de nuevo en el libro, incomodo, espiando disimuladamente al hombre que sollozaba. (Cierto es también que esto es propio de cualquier espacio, raramente nos detenemos ante alguien que llora, estamos demasiados ocupados para llegar a ningún lado).
Mientras lloraba, el hombre hablaba por teléfono, y en su balbuceo se escuchaba un "no sé como voy a seguir hermano, no sé como voy a hacer, cómo se lo digo a mi familia...", con una angustia tal que volvía imposible seguir leyendo. Quizás por eso, y quizás un poco por oficio cuando terminó de hablar por teléfono, saqué de mi mochila un pañuelo descartable y estirándome un poco, le toqué la mano para alcanzárselo. Lo aceptó haciendo un gesto como quien da las gracias. Intenté inútilmente seguir con la lectura, más para defenderme de la angustia que la situación me generaba que por ganas reales de seguir leyendo.
Llegando a la estación Primera Junta, vi que el hombre de mirada triste se acercaba hasta la puerta, cerca de donde yo estaba. (los que viajamos en subte sabemos que una estación antes tenemos que acercarnos al lado de la puerta, siempre está el miedo de no poder bajar a tiempo).
Ahora que estábamos próximos, fue él quien me tocó el hombro. Me volvió a agradecer. Le dije que no había nada que agradecer, y le pregunté si quería otro pañuelo pero se negó a aceptarlo. En mi cabeza había mil preguntas ¿Por qué lloraba?, ¿cómo ayudarlo?, ¿podía ofrecerle algo más que un pañuelo? (Muchos de los que estábamos ahí nos hacíamos estas preguntas).
Llegando a la estación, nuestras miradas volvieron a cruzarse y casi sin pensarlo me salió preguntarle qué había pasado, si podía ayudarlo en algo (gajes del oficio otra vez, supongo). Me respondió entrecortadamente: "Me acaban de echar del laburo, a mi y a 24 compañeros más... reducción de personal". Sólo atine a decir: "Miserables".
Las puertas del subte se abrieron y el hombre estiró su mano para saludarme, nos apretamos la mano tibiamente y bajó con su ropa de trabajo que el otro día no podría usar. Me quedé en el vagón del subte, con el libro abierto en mis piernas, con toda la angustia flotando en el aire, pensando que no le pregunté el nombre, que tampoco le di el mío, ni mi teléfono, ni nada.
Llegue a casa contrariado, reprochándome no haberle dado ni siquiera mi teléfono. Apenas vi a mi compañera le comente la escena. Mi libro, el sollozo, la ropa de trabajo, la tristeza en la mirada, el apretón de manos final, mi incapacidad de ofrecerme. Ella me escucho tranquilamente y con su sensatez habitual me respondió: dejá de echarte culpas, ese hombre no va a necesitar un psicólogo, o quizás sí, pero lo que seguro va a necesitar es un laburo.
Ahora que escribo estas líneas, entiendo que tal vez ella tiene razón, que mientras nos quieren llenar la cabeza de odio -los mismos que prometieron alegría-, la tristeza gano las calles. Que ese día veinticinco personas más se quedaron sin trabajo y que seguro, no saldrá en ningún lado.
Ahora que escribo estas líneas, entiendo que tal vez ella tiene razón, que mientras nos quieren llenar la cabeza de odio -los mismos que prometieron alegría-, la tristeza gano las calles. Que ese día veinticinco personas más se quedaron sin trabajo y que seguro, no saldrá en ningún lado.
Porque la verdad mediática insiste en negar la realidad con sus debates de circo macabro, invirtiendo moralidades, manipulando estados de ánimo, imponiendo una "normalidad" hecha a su medida, una normalidad perversa y meritócrata, mientras lo real se impone en todas partes.
Hasta debajo de la tierra, donde leer ya no se puede porque la angustia también viaja en el subte.
Hasta debajo de la tierra, donde leer ya no se puede porque la angustia también viaja en el subte.
Matias de Rioja
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