viernes, 25 de agosto de 2017

A Santiago

La verdad Santiago es que no quiero que seas una bandera.
Me resisto a la idea de que te vuelvas una consigna,
ver tu cara en las remeras,
o que tu nombre sea uno más de una lista que
parece nunca terminar de escribirse.

La verdad Santiago es que no quiero pensarte
como a Julio, a Luciano, o a Miguel.
Ni a tantos
y tantos desaparecidos en los barrios que
permanecen en el más oscuro de los anonimatos.

La verdad Santiago es que quizás sea un ingenuo
pero todavía espero que aparezcas con vida,
que puedas contarnos del calvario de estos días,
y que sea tu voz la que finalmente de testimonio
del terror de aquel día.

La verdad Santiago,
que todos los días espero que te encuentres con
tu familia,
con tu hermano que no para de buscarte,
que te des un abrazo como yo me doy cada vez que veo al mío,
un hermano que también se llama como vos.

Y me duele tu ausencia Santiago,
como me duele el silencio miserable
de tantos que piensan que una vida
es una puja discursiva.
El estúpido mensaje que quieren instalar
de que el valor de una vida depende
de la vereda desde la que se la nombre.

Y la verdad que yo sólo quiero que aparezcas
por vos,
por lo que todavía te falta,
por lo que fuiste a buscar allá al sur,
por tu ilusión de hacer del
mundo un lugar más habitable.
Por vos y tus ganas,
por vos y tu sonrisa,
por vos y los que te extrañan,
por vos, tu deseo y tu ideas.

Por eso todos los dias espero que
aparezcas,
aunque me angustie pensar que el horror
otra vez se imponga,
y que el estado todavia siga robando vidas.
Por eso te escribo Santiago,
porque no te quiero como consigna,
como foto ni como bandera,
ni siquiera te quiero como poema.
(que hoy escribo con la esperanza
de que mañana me leas).

Sí, la verdad que yo sólo quiero
que aparezcas por vos, Santiago,
por vos y tu vida,
para que sigas haciendo
con ella lo que quieras,
y quizás algun dia conocerte
y poder darte un abrazo,
como esos que me doy con mi hermano,
abrazarte y recuperar la esperanza
de que en este pais
ya nadie desaparece por sus ideas.














jueves, 17 de agosto de 2017

TOC (o Diario de un neurótico)

Sé que está en mi cabeza. Juro que lo sé. O al menos una parte mía lo sabe. Y aunque me lo repita, aunque me diga constantemente: "está todo en tu cabeza, no es real, las cosas no son así", es difícil desarmar eso que ya se armó en la boca de mi estómago.
Quiero decir, la certeza, la absoluta certeza de que por alguna razón que desconozco, hoy me vas a dejar. Y no es que haya un dato concreto, un mensaje directo y explicito que me permita arribar a esa dolorosa conclusión. Pero simplemente lo sé, la certeza de algún modo se construyó de súbito en mi cabeza, y ya no me amas, ergo, me vas a dejar.
Y volviendo en el colectivo a casa empiezo a repasar una a una las señales, los indicios que me llevaron a arribar a esa conclusión irreductible. Entonces recuerdo que a la mañana al despedirnos me diste un beso rápido, agarrando las llaves, y saliendo apresurada  porque se te hacia tarde. Y que a media mañana, cuando te mandé el mensaje de como venía tu día, ese mensaje cotidiano que siempre es una excusa para charlar un rato, tu respuesta fue con monosílabos, contándome que tenías una mañana complicada, que no parabas de atender gente.
Y puede que hasta ese momento yo no sospechara nada, que la certeza en la boca del estómago apenas sea un indicio irreconocible. Pero entonces al mediodía me mandás un audio diciéndome que quizás no podamos ir al teatro el sábado como habíamos quedado, que te habías olvidado que era el cumple de tu compañera de trabajo, y yo siento tu voz distante, entonces espero un segundos para responderte, porque ahí si empiezo a sumar en mi cabeza, el beso escueto de madrugada, tus monosílabos a la mañana, y ahora este cumpleaños que aparece de la nada, y dos más dos es cuatro y todo me empieza a oler a excusa, porque en el fondo lo que pasa es otra cosa, pasa que quizás ya no tenés ganas de estar conmigo, y aunque por dentro estoy lleno de miedo, te respondo haciéndome el superado, y te digo que no importa, que no pasa nada, que podemos ir otro día al teatro.
Pero para ese entonces la pelota en la boca del estómago es cada vez más grande, aunque me distraiga haciendo otra cosa, y me ponga a ordenar legajos esperando que se haga la hora para salir del laburo, mirando cada dos minutos el celular para ver si me mandás algún mensaje, algún chiste, algún emoticon tonto de esos que nos mandamos siempre, pero no llega nada.
Y salgo del trabajo rumiando todo esto, diciéndome por enésima vez que no pasa nada, que son ideas mías, que ya estoy grande para estas dudas, que una cosa es a los quince, pero que ahora no puedo ser tan pelotudo, tipo grande che, no puedo entrar en estos soliloquios, si no me das ninguna razón para pensar que ya no me queres más, si anoche nomás vimos otro capítulo de la serie y después hicimos el amor.
Pero subiendo al bondi siento vibrar el celular e inconscientemente lo miro convencido que sos vos, vos preguntándome si ya estoy volviendo a casa, pero no, es otro mensaje del grupo de los pibes. Y miro para ver cuándo fue la última vez que te conectaste y veo que fue hace media hora, y me pregunto porque entonces no me mandaste un mensaje en todo este tiempo, si ya pasaron un par de horas desde el último.
Y me pongo a leer la novela que me compré, esa de Luis Mey, que me tiene atrapadísimo, esa que cuando te conté el otro día que me había comprado me respondiste medio en broma que deje de comprar libros al pedo, que tengo un montón sin leer, que después me quejo que la plata no me alcanza y yo te respondí haciendo un gesto con los hombros porque sé que tenes razón, pero bien sabés que no puedo dejar de comprar libros, aunque sepa que muchos de ellos probablemente jamás los lea.
Y me acuerdo de eso y medio que me dan ganas de llorar en el colectivo, de tu cara retándome en broma y mi gesto infantil con los hombros, y entonces miro fijamente el libro porque me da vergüenza que alguien me vea con los ojos llorosos en el colectivo, porque la angustia casi no me deja respirar, porque me duele todo el cuerpo pensando en lo que me vas a decir cuando llegues, las palabras que usarás, con tu dulzura de siempre, pero esta vez para decirme que la cosa no va más, que no sabés que pasó, pero que necesitas distancia o vaya a saber qué es lo que me vas a decir, como lo vas a decir, pero en ese instante estoy seguro que el dolor de perderte me será insoportable, mientras sigo buscando los motivos para tu distancia repentina, para que estuvieras todo el día distante, si estaba todo bien ayer, si hasta anoche hicimos el amor después de...

Entonces llego a casa contrariado, y cuando dejo la mochila en el sillón veo un mensaje tuyo diciéndome que vas a llegar un poco más tarde porque tenés que hacer unos trámites, y la desazón es absoluta, me vas a dejar, lo sé, pero te mando un pulgar arriba aunque sepa que es mentira, que probablemente te demoras haciendo tiempo para ver cómo me decís que ya no queres estar conmigo, que ya no me amas, y me pongo a lavar los platos que dejamos sucios anoche porque ninguno de los dos tenía ganas de lavar, me pongo a lavar para ver si puedo dejar de pensar un rato en todo esto.
Y por momentos me parece absurdo lo que estoy pensando, y mientras al agua corre me repito las palabras de Freud, esas de que la realidad es siempre psíquica, que esto ya lo tengo que saber, que estoy exagerando, que soy un obsesivo de mierda,  pero la certeza que empezó tibiamente en mi cabeza hace unas horas, ahora ya me tomó todo el cuerpo, y no queda otra que prepararme para lo peor.
Entonces tomo aire y pienso lo que te voy a decir, diciéndome que no tengo que dramatizar, que tendrás tus motivos, que al final el otro siempre es imposible, que tarde o temprano podía pasar, que fue hermoso lo que construimos pero que el amor tiene estas cosas, que me voy a ir con dignidad, que no quiero la limosna de nadie.

Y me tiro en la cama a hacer zapping en la tele, esperando que llegues, intentando no pensar más, hasta que escucho las llaves abriendo la puerta y salto de la cama para que no me veas así, para recibirte como si yo no supiera lo que ya sé, poniendo cara de nada, y cuando entrás me regalás un sonrisa, con cara de cansada, y entonces veo que tenés un par de bolsas en la mano, y me decís que pasaste a comprar un par de cosas para la cena, y que de paso me compraste un regalito, (así decís: “un regalito", y yo siento los pies contra el piso y unas ganas insoportables de llorar), que por eso demoraste un poco más en llegar, y abro el regalo y veo el libro que sabes hace meses andaba buscando, ese del autor sueco que se pronuncia difícil, y te miro sintiéndome un tarado, sin saber bien que decirte, y te doy un beso abrazándote fuerte, un abrazo que poco tiene que ver con el regalo, pero que me devuelve el oxígeno, que desactiva el terror niño de perderte, aunque vos no sepas nada de eso, y me dan ganas de contarte lo que estuve pensando hasta recién, pero me da miedo que pienses que estoy loco, me dan vergüenza mis ideas idiotas, y algo dentro mío celebra haber aprendido a callar las voces, confirmando eso de que los delirios suelen ser coherentes, que lo absurdo en todo caso suele ser la idea que los dispara, que la cabeza arma y desarma lo que quiere, al menos la mía, y te pregunto si querés tomar unos mates, y me respondes que si contenta, sonriendo pese al cansancio, pese a que tuviste un día de mierda, y me decís que eso es lo que te hacía falta, que eso estuviste pensando todo el día, en poder llegar a casa y tomarte unos mates en la cama conmigo.

viernes, 11 de agosto de 2017

Trastabillar

No sé cual es el camino correcto
para llegar a mi deseo.
Por eso,
entre otras cosas,
nunca sé que responder cuando
me preguntan por qué escribo.

Pero una palabra necesariamente
me lleva a otra,
como una catarata inevitable
e inútil.
Un martillazo,
otro martillazo,
golpeando el teclado al azar,
hasta que de algún golpe
asome una silueta,
un signo que de forma
a lo que quiero decir.

Supongo que así escribo,
supongo que así vivo.
Un día tras otro,
con un sentido vago,
con una cucaracha en la garganta,
trastabillando,
perdido entre neblinas.

Y me gusta pensarme como un libro abierto
en una página cualquiera.
Un libro buscando ser leído,
un libro escrito por todas las
manos que cuidaron
y escribieron mis días.

Y las páginas que en mí
ayer otros escribieron,
parecen sostener y alimentar,
la hoja en blanco que soy hoy.
Un libro lleno de tierra que
apenas adivina cómo
sigue su historia,
que sigue en el párrafo siguiente.

Por eso quizás me habite
la persistente necesidad
de atrapar palabras
que sirvan como puente.
Palabras como una mano tendida.
La búsqueda de ser un libro
al que sólo otros ojos puedan
darle sentido.

Por eso me siento y escribo.
Pues nadie escribe realmente solo,
nadie escribe para sí mismo.
Es decir,
no creo en palabras
que no busquen otras palabras,
no creo en palabras que no sean lenguas
que buscan otras lenguas.

Sí, por eso quizás escribo.
Para estar menos solo,
para que una mirada me encuentre,
para tropezar con otros
que completen mi historia,
escribo trastabillando,
escribo, acaso,
como vivo.











miércoles, 12 de julio de 2017

Soplo

A veces me estás contando cosas del trabajo, con un entusiasmo que te desborda, con una sonrisa de oreja a oreja, porque un paciente tuvo un avance, un pequeño logro, y estás feliz contándome en detalle una anécdota de Mateo, o de Juan Cruz, y yo te escucho concentrado buscando hacer un comentario inteligente, algún aporte que se sume a tu alegría, hasta que hacés alguno de tus gestos, ese que hace que te brille toda la cara, o el que hacés cuando te acomodás el pelo y tenés alguna duda, y yo me detengo a mirarte sintiendo como un soplo que me sacude y me distrae. Entonces empieza la lucha por seguir concentrado escuchándote, por no perderme detalle de lo que me estás contando, sabiendo que ahora será una tarea difícil.
Es que siempre que me contás estas cosas, que me compartís alguna de tus alegrías o de tus dudas, aparece alguno de tus gestos y ahí nomas, el soplo vital que me distrae. Una suerte de aire que me envuelve, una certeza que me abruma, y entonces comienza la tarea de traducir de algún modo lo que me pasa. La urgente necesidad de significar de algún modo el sosiego que me produce el hecho de saber que estamos juntos, de que elijas estar conmigo, de que sea yo, el testigo de tus días.
Porque quizás el hábito, la convivencia y la complicidad permanente, insistan en volver ordinario el hecho extraordinario de habernos encontrado. Es decir, los días pasan y pasan y la realidad se obstina en volver natural esta constante tarea de acompañarnos.
Pero por mucho que el tiempo pase, por mucho que Cronos haga su trabajo y las circunstancias nos vayan llenando de de experiencias juntos, de recuerdos compartidos,  por mucho que eso que llaman costumbre intente domesticarnos, y que a veces mi mal humor y mi tristeza, o que a veces tu mal humor o tu tristeza,  por mucho que los tuyos ya no sean sólo tuyos, y los míos ya no sean tan míos, por mucho que vos y yo, hace rato sea un nosotros, yo no dejo de sorprenderme de que estemos juntos.
No hay costumbre que pueda evitar esta sensación de mirarte con ojos nuevos cuando haces ese gesto, ese que hace que te brille toda la cara, o ese que hacés cuando te acomodás el pelo y tenés alguna duda, esos gestos que siempre son un gesto nuevo, aunque por ahí te enojes y me digas que no te estoy prestando atención, y yo te diga que sí, que sí te estoy escuchando, que me da alegría lo de Juan Cruz y Mateo, pero que es difícil estar concentrado cuando hacés eso, que si pongo esta cara no es de distraído, es de enamorado, que debería decírtelo más seguido, no solamente hoy que es tu cumpleaños, decirte que a veces me abruma la certeza de que me elijas a diario, decirte que vivo enamorado de esos gestos que me alojan hace tiempo, de esos que me sacuden y me recuerdan que tu amor es todos los días un soplo de aire fresco.  

jueves, 29 de junio de 2017

Rodolfo

Rodolfo tenia 92 años,
y sus últimas palabras
antes de pegarse un tiro fueron:
"este es mi destino".

¿Entendés el horror?
Pegarse un tiro en la cabeza
nunca puede ser el destino de la vejez,
nunca puede ser un destino.

¿Un tiro en la cabeza, entendés?
No hay metáfora posible en esto.
No hay chicana partidaria acá,
se rajó un tiro en la cabeza
en una oficina pública, ¿entendés?

¿No te duele?
¿No te da vergüenza?
¿No te da asco lo que somos?
¿seguís creyendo que sos apolítico?
¿seguís pensando en lógicas binarias,
mientras la gente se mata
o se muere de hambre?

¿Vas a hacer zapping?
¿o vas a hacer un tweet
cínico y canchero
sobre un hombre que
se pegó un tiro en la cabeza
cansado de luchar?.

¿Cuál es el límite ético?
¿Hay alguno?
¿No se te revuelve el estómago?
¿No te invade la angustia?

¿Vas a hacer silencio cómplice otra vez?
¿Vas a decir que todos son lo mismo?
¿Vas a decir que la política no te importa?
¿Te moviliza alguna otra cosa que no sea el
dinero y el rencor?

Se pegó un tiro en la cabeza, ¿entendés?
No hay metáfora.
No hay poesía.
Si hay mucho dolor,
Si mucha angustia,
Si mucha impotencia.

Se pegó un tiro en la cabeza,
diciendo "Este es mi destino".
¿no escuchas las desesperación en ese disparo?
¿No vas a gritar que paren?
¿Entendés la crueldad que nos habita?
Yo no.










miércoles, 28 de junio de 2017

Lo perverso

Lo perverso.

Imagino un par de tipos atrás de una computadora, con sus camisas y sus corbatas, con sus planillas de cálculos, con sus órdenes de eficiencia y eficacia, buscando, como quien juega al buscaminas, nombres de personas para darles de bajas las pensiones por discapacidad.
Intento imaginar como se hará este trabajo, el trabajo de dar de bajas pensiones para personas con incapacidad.
¿Cual habrá sido el criterio? ¿Por tipo de incapacidad? Es decir un porcentaje de incapacitados motores por un lado, otro porcentaje de mentales por otro, viscerales por un acá, auditivos por allá.
¿O usaron un programa como les gusta a los tecnócratas? Cruzaron algunos datos, unos "algoritmos de búsqueda", como les gusta decir, apretaron Enter y zaz!, se dieron ciento ochenta mil pensiones de baja.

Y me imagino una charla después del trabajo, cancheros en un after ofice tomando una cerveza y contándose entre risas:
- "Yo di de baja unos ochocientos Down hoy, había criterios que no cerraban, podes creer que sus papás tenían un auto"
-¿Y yo? Yo di de baja casi mil paralíticos porque tenían algún familiar que ganaban cerca de veinte mil pesos, y todavía quieren pensión!"

Y me gustaría pensar que esto es sólo un ejemplo estúpido, una anécdota grotesca, porque ninguna persona con cierto piso ético seria capaz de algo así.
Pero no. Seguramente no fue así de grotesco, pero atrás de todo esto, atrás de los tipos que apretaron enter hay una ideología que goza con todo esto.
Porque desde hace tiempo ya, no puedo dejar de pensar que la modalidad de gobierno es perversa desde el principio.  Como el golpeador arrepentido, que primero pega y lastima y después pide perdón prometiendo que no lo va a hacer nunca más,  hasta que días después repite el acto violento.
Así fue con los jubilados y sus remedios, así fue con el "2x1" para los genocidas, así fue con los docentes, así fue con los despidos a los empleados públicos, y así fue con los tarifazos, así son, perversos.
Porque si hay algo que caracteriza a la modalidad perversa es la ausencia de culpa y la renegación como mecanismo defensivo: el famoso "si, pero no", lo hice pero no, la coexistencia de reconocer un hecho pero negar sus consecuencias.
Por eso ahora van a salir a aclarar, a decir que no fue tan así, que si se equivocaron, que van a dar de altas las pensiones que correspondan, que fue un error del sistema. Porque así funcionan
Y no puedo dejar de pensar en el sadismo de todo esto, de ese goce en meterse con los que menos tienen, en el blindaje mediático que intenta instalar el problema de la "inseguridad" mientras se castiga al pobre, al pibe, al viejo, al obrero, y ahora también, como corolario de los siniestro, a las personas con discapacidad.
Y no puedo dejar de pensar en la angustia que todo esto genera, porque nos enojamos, porque gritamos, pero en el fondo estamos angustiados, porque nos gobierna lo perverso, el sádico que después de angustiarnos una vez más se para frente a una cámara con los ojos lleno de lagrimas y promete que no lo va a volver a hacer.
Y lamento desilusionarlos, pero pasaran unos días nomas hasta que nos vuelvan a golpear.

Medicina

"No vayas a faltar al trabajo. Cualquier cosa menos faltar al trabajo. Aunque no duermas en toda la noche por la tos, aunque viajes en tren y en subte contagiando a todos con tus estornudos, no vayas a faltar al trabajo". Ese es la ley primera. Eso es lo que Alicia Stolkiner llama "Presentismo patológico". Hay que ir a trabajar como sea, pues lo importante es producir, siempre producir. No seas vago, cuida el presentismo, cuida el trabajo. 
En eso venia pensando mientras volvía en tren a casa. Tapándome con el brazo en cada estornudo, y tosiendo con un poco de culpa porque al lado mío viajaba una mamá con su bebe.
Y si me detengo a mirar, el vagón del tren está lleno de gente como yo. Gente estornudando y tosiendo por todos lados. Entonces pienso que Stolkiner tiene razón, y pienso en Foucault, en Marx, y en todos esos autores incómodos que nos ponen a pensar como sujetos deseantes y no como tentáculos de la maquinaria que necesita sujetos productivos, objetos eficientes y eficaces.
Pero está tan incorporado el mandato, tan internalizado, que si faltamos nos embarga cierta culpa, la sensación de que estamos haciendo las cosas mal, el auto reproche que ya no necesita la mirada externa, porque internamente nos sentimos en falta, porque hay que ir igual, porque hay que hacer como hace Ana, que va siempre a trabajar, incluso enferma, ella que si es un ejemplo.
Y mientras pienso todo esto, voy contando las estaciones para saber cuanto falta para llegar a casa. Porque me duele todo el cuerpo, y tengo ganas de estar en la cama. Porque no tendría que haber ido a trabajar, como me dijiste vos,  pero fui igual, porque ya falté la semana pasada por una faringitis, para que no piensen que soy un vago,  porque aunque yo tenga la suerte de no perder el presentismo, me da culpa, porque hay que dar el ejemplo, hay que ser como Ana.
Y estornudo otra vez cuando faltan sólo dos estaciones para bajar el tren y caminar las siete cuadras hasta casa, y no puedo evitar sentirme un poco mejor, sentir esa alegría de saber que voy a llegar a nuestra casa, sacarme la ropa, y meterme en la cama.
Y camino con paso cansino esas cuadras que me separan de casa, y cuando miro la hora veo que son las seis recién, que faltan un par de horas para que vos salgas de trabajar, y paso por una farmacia para comprar una tirita de ibuprofeno para los dos, porque vos también andas medio engripada. Y pienso que al final de cuentas no todo está tan mal, que al menos tenemos trabajo, que podemos comprar los remedios que nos hagan falta, que hice bien en ir al trabajo, que quizás me estoy quejando de lleno. 
Porque si lo pienso bien, el tren venia repleto de gente pidiendo plata, que cada vez que voy al hospital a trabajar, las guardias están llenas de madres con sus hijos esperando horas y horas un turno, que ahora los supermercados venden huesos de pollo, (y juro que no hay ironía en esto), que hoy camino al trabajo conté siete personas durmiendo en la calle, que es cínico y perverso pero que soy un privilegiado, que la maquinaria es grande y nos aplasta,  pero que hice bien en ir a trabajar enfermo, que eso nos enseñaron, que está bien así,  está naturalizado, que así funciona la estúpida moral de época. 
Y llego a casa con la tos que no para, y me tomo el ibuprofeno, pensando tal vez no soy yo el que está enfermo, que es el mundo el enfermo, que es absurdo que aceptemos todo esto. Y una vez adentro de la cama miro otra vez el reloj para ver cuanta falta para que llegues vos. Vos que me dijiste que no fuera a trabajar así, vos que te apuras al salir de tu trabajo para venir a cuidarme a casa. Y no puedo dejar de sentir una alegría egoísta entre tanta tristeza. Si, no puedo evitar sentir la alegría de saber que te tengo a vos pese a todo, vos y tu abrazo medicina que me salva, de tanta miseria organizada.