jueves, 4 de abril de 2019

rotos

Yo que hice fui inmortal tantas veces. Yo que hice el amor, deseé, sudé y prometí en vano. Yo que fui eterno Ahora me pregunto
por dónde. Ni el deseo Ni la palabra Ni la piel explican esta duda ciega, esta pura ignorancia. Yo que fui inmortal y tiré sobras y regalé secretos hoy me vuelvo austero pongo candados miro para abajo solo me abrigo. Yo que amé omnipotente y creí ser para siempre -como una excusa-
y me cuesta el perdón e insisto en tener razón
como si fuera tener algo,
me aferro a la fe
de los míos,
mis lisiados,
mis frustrados,
mis amigos.
Y grito con ellos, ladramos,
como hermanos,
celebrando resacas,
para volver a empezar,
con los huesos rotos,
la risa húmeda,
la memoria temblorosa,
y la infantil esperanza
de ahuyentar la muerte.

viernes, 29 de marzo de 2019

Torpeza

Suelo equivocarme,
es una constante.
Por escasez o exceso,
no suelo encontrar
el justo medio de tus ganas.

A veces mi pereza lo arruina todo,
y otras veces
-la mayoría-,
lo hace mi ansiedad. 

Si no es una palabra demás,
es un silencio demasiado largo,
pero casi nunca llego puntualmente
con mi voz.

Es decir,
me gustaría anticipar con mayor frecuencia
mis gestos a tu deseo. 
Estar a la altura de tu búsqueda permanentemente. 

Pero no.
Soy torpe.
Me atolondro,
o me demoro.
Aterrizo demasiado temprano,
o me estrello demasiado tarde.

Pero a veces,
muy pocas veces,
doy en el blanco.
Digo la palabra justa,
te agarro la mano a tiempo,
te ofrezco el silencio
que andabas necesitando,
y entonces
me sonreís con todo el cuerpo. 

Y ese instante fugaz,
ese pequeño triunfo,
esa certeza de haber dado
en tu centro por un instante,
justifica todas mis torpezas previas,
-todas las que vendrán-
y me devuelve obstinadamente,
a la cotidiana y profunda
tarea de encontrarte.

   





martes, 26 de marzo de 2019

Ultima noche

¿Cómo será la última noche?
¿Qué te dirás frente al espejo?
¿Podrás sostenerte la mirada?
¿Cómo justificarás tus días?

¿Habrás estado a la altura de lo que puede
un cuerpo?
¿Habrás amado algo más allá
de tu ego?
¿Te habrás multiplicado
lo suficiente?
¿Serás una aburrida repetición
de ti mismo?

¿Tendrás el coraje de pedir perdón?
¿o te irás con el orgullo virgen,
muerto,
intacto?

¿Sabés el nombre
que susurrarás en tu último aliento?
¿Cuáles serán los rostros del último trago,
de la risa postrera?

¿Y quién te pensará,
dónde llorarás,
quién te besará
la última noche?



jueves, 11 de octubre de 2018

Puerto

"Conócete a ti mismo"
"Eres tu propio templo".
"El secreto está en tu interior".
¿No reside allí acaso el problema?
En esa obsesiva idea de empezar siempre
por uno mismo.
De ser el punto de partida de toda
mirada,
de toda palabra,
de toda verdad.
¿No oculta esto acaso una prepotencia
del ego?
Empezar siempre desde uno,
para en todo caso,
después,
y con suerte después,
arribar al otro.
A lo otro.
¿No es esta una arrogancia
del yo?
Yo pienso que...
Yo creo que...
Yo siento que...
Repetición obstinada de lo mismo.
¿No es demasiada atención
sobre uno mismo?
¿No es asfixiante pensar
el mundo así?
¿No es esta una forma de mismidad,
que posterga,
niega,
explica
o expulsa
toda diferencia,
toda posibilidad de alteridad?.
¿No deberíamos acaso invertir las coordenadas?
¿Y si el templo fuera el cuerpo el otro?
¿Y si el secreto estuviera en tu exterior?
¿Y si el conocimiento
viniera de otros rostros,
otras miradas,
otros gestos?
Es decir,
partir desde lo otro,
siempre lo otro,
para arribar después
y acaso sólo después,
a un yo múltiple,
expandido
ramificado.
Un yo extraño a si mismo.
Un ego que abandona su centro.
Un ego más alter que ego.
¿No seríamos,
aunque más frágiles,
menos sedientos de nosotros mismos?
Un yo habitado,
sentido
y pensado
desde infinitas otredades.
Un yo lleno de ellos,
inacabado,
incierto,
en permanente construcción.
¿No debería ser el otro el puerto?
¿No vale la pena acaso el riesgo?


domingo, 27 de mayo de 2018

Detenerse

Podría describirlo de mil formas,
buscar ejemplos lúdicos,
alguna explicación consistente,
empecinarme en mi colección de almanaques 
y relojes
pero la verdad,
sigo sin saber qué es el tiempo.

Lo que sí sé,
de lo que no dudo,
es de la pena que me embarga
cuando escucho repetir
esta infamia:
"el tiempo es oro".

Es que esa afirmación absurda, 
esa de sentir los minutos como monedas,
o los días como billetes,
quizás sea una manera cruel y violenta,
de los que entienden la vida
como una mercancía. 

Por eso me duele esa frase.
Y por eso también, 
defiendo una rebelión que invite a detenerse.
Es decir, poner en pausa el vértigo del mundo,
para escuchar lo que los días ofrecen.
Desconectar los grilletes inalámbricos,
y permitir que los gestos vuelvan a interpelarnos.
                                                        
Demorarse, por ejemplo,
en el cansancio del obrero que viaja en colectivo,
y en las miradas de los niños invisibles que venden estampitas.
Posponer el ruido permanente del celular que irrita,
para volver a buscarles formas a las nubes
o conversar con los perros.

Detenerse como una rebelión ante la urgencia del mundo.
Persistir en las manos de mi madre mientras
amasan,
en la piel de Laura cuando siente frio, 
en la sonrisa de Martina cuando abre un libro, 
o en las burbujas del vino con soda de mi viejo.

Explorar los límites de lo no dicho 
sin pretensiones, 
con la tibia certeza
de que el tiempo está mucho más cerca
de los rostros que nos habitan,
que de la fría opulencia del metal.

Sí, demorarse,
detenerse,
descansar.
Entorpecer el paso,
resistiendo la prepotencia
de los que apuran al mundo, 
y abrazar entonces el misterio,
lo múltiple y lo incierto,
para descubrir acaso,
que esa es la única manera de viajar en el tiempo.

jueves, 18 de enero de 2018

Siempre si

Hay gente que dice si antes que nada.
No hace falta explicarse mucho,
dar argumentos solidos
ni justificaciones contundentes,
hay gente que sabe ejercer
el hermoso oficio de decir que sí,
siempre sí.

Y puede parecer una idiotez,
pero en tiempos donde
el defenderse se impone
al ofrecerse,
decir que sí es una
de las formas de la ternura.

Por eso cada vez que el
mundo me queda grande,
y las dudas me habitan por
completo,
yo llamo mi hermana mayor,
una maestra de la afirmación.

Porque desde chico,
cuando dormía la siesta
en sus brazos,
(en una de esas fotos que
conservo y me encantan),
mi hermana me enseñó
a decir que si antes que no.

A postergar la miseria propia
ante la necesidad extranjera,
a ofrecerse incluso cuando
los brazos estén cansados.

Sí, mi hermana es de esas
personas.
Sí, hacelo.
Sí, andá.
Sí, escribí.
Sí, es ahora.
Sí, acá estoy.

Y ahora que estamos lejos,
por esas vueltas de la vida,
por esas decisiones que yo tomo
y que siempre es la primera
en alentar,
ahora que extraño los mates,
y extraño esa capacidad asombrosa
de verla reír y llorar casi
al unisono,
ahora entiendo que es su culpa.

Que cada vez que algunos me acusan,
y dicen que mi problema
es no saber decir que no,
la responsable es ella,
mi hermana mayor.
La que me enseñó que la
vida se demora en el no
y empieza cada vez
que decimos que si.




























jueves, 9 de noviembre de 2017

Los Normales

Soy una mujer normal. Lo repite cuatro veces. Soy una persona normal con determinados códigos de estética visual y de estética moral. Insiste. Y ahí está obscenamente todo dicho. Ahí está pornográficamente todo dicho.
No es un audio gracioso ni un audio simplemente discriminador. Es un audio que habla desde una normalidad que se cree totalidad. Una normalidad blanca, clasista, católica y heteronormativa. Una normalidad que se cree centro y expulsa afuera todo lo que no coincide consigo misma. Una normalidad donde lo otro, lo “diferente” sólo puede ser parte de la totalidad como parte de la periferia. Como medio de uso para satisfacer sus vidas normales.
Hace tiempo vengo sosteniendo en diferentes conversaciones con amigos y colegas que el problema actual no es sólo político/económico, sino profundamente ético. Porque en el fondo de ese audio se esconde una moralidad que impregna no sólo a nuestros dirigentes políticos actuales, (la cirujana se ufana de ser amiga del ministro Dujovne) sino que es parte de la moral de muchos de nuestros vínculos cotidianos.
Una moralidad que se impone como norma, y desde allí ejerce su poder. Una moralidad que impone la idea de “lo bueno” como idéntica a si misma. Es decir, nosotros los normales somos lo bueno. Todo lo que se aleje y se diferencie de esa mismidad, será por un ejercicio dialéctico, “Lo malo”, "Lo feo". Serán las “Bestias” como dice la cirujana de Palermo chico.
Es lo que Lévinas llama figuras de la alteridad negada. Tratar “lo otro”, al “Otro” diferente a “Lo mismo”, como la figura de lo Anormal. De allí que para la cirujana, (dato no menor su oficio, ya que el discurso medico suele ser el discurso normalizador por excelencia), las bestias que se acercan con mate, reposeras, y perros a su pileta de country privado, son un problema estético y moral.
No es por lo que ella pagó. Pagó por mantenerse alejada del territorio de lo anormal. Porque ya sabemos, lo privado es el espacio de la norma, y lo público la geografía de lo bestial.
Pero el problema no es la cirujana,claro esta. Ella es en todo caso la portavoz de una polifonía de voces que habitan nuestra cotidianidad. La voz de la normalidad de turno.
Este es, creo yo, uno de los problemas profundos que afecta nuestra época. No hay nada nuevo en la mediática idea de “grieta” que quieren instalar.
En el fondo siempre se trato del mismo problema ético. Del lugar que ocupa el otro en nuestra mismidad. De cómo relacionarnos con el Otro. Si quizás hoy este odio se hace más evidente ya que esta moralidad que permaneció latente ya no duda en hacerse manifiesta. Porque hoy lo privado ocupa el poder que en lo profundo de nuestra sociedad civil nunca dejo de ocupar. (Vale recordar que la mayoría de los ministros y funcionarios actuales vienen de lo privado, los famosos “Ceos”).
Por eso en todo caso “la grieta” se configura entre quienes históricamente expulsan, esconden, ridiculizan -cuando no exterminan- a todo lo Otro, a todo lo que no coincide con su idea de norma, (esa norma que concentra poder y vive encerrada entre rejas, alarmas y countrys) y aquellos que, como enseña Dussel, creemos que todo empieza siempre a partir del otro. Que no hay novedad posible si no es a partir del ejercicio de alteridad que implica reconocer a los otros como punto de partida de toda relación humana.
Ese Otro con el que cada vez tengo más ganas de conversar. Sentados en reposeras, con las patas en el agua mientras acariciamos a un perro. Y de vez en cuando, entre mate y mate, sonreírle a todas esas otredades como la de la cirujana, esas que miran desde lejos, con profundo dolor estético y moral, encerradas en su cárcel de normalidad.