No puedo solo.
Nunca pude,
y nunca podré.
Y me gustaría decir que no me importa.
Mirarme al espejo y repetirme una y otra vez:
tú puedes,
tú puedes,
tú puedes.
Ser como dicen las publicidades:
Único,
original,
distinto.
Y aunque a veces lo finja,
lea manuales de autoayuda,
y me diga que de mi solo depende,
no puedo.
¿Y cómo podría?
Si no había forma de despertarme
hasta que mamá no me ponía las medias
en las mañana heladas de mi pueblo.
Si esperaba con ansiedad que mi vecino
golpeara la puerta para ir andar en bicicleta
a la hora de la siesta,
o me hacía el que no entendía una cuenta
para hacer la tarea junto mis hermanos.
Cómo voy a decir que no me importa
lo que digan,
si cada vez que hacía un gol
buscaba la mirada de papá
y cuando escribí mi primer poema
-con la misma torpeza de ahora-
pase la noche entera sin dormir,
esperando la respuesta de la chica
de sonrisa perfecta.
Cómo voy a ser original,
si cuando la adolescencia fue un infierno
la amistad fue una barricada repleta
de idiotez, amor y vino berreta
Cómo voy a poder solo,
si mi fragilidad siempre estuvo
en manos de los otros.
No,
no puedo,
nunca pude,
y nunca podré.
Porque nada en mi
me pertenece.
Soy cada gesto que me habita,
cada mirada,
cada palabra,
cada piel.
Por eso,
en tiempos del ego,
y mandato de lo uno,
yo defiendo lo otro.
Porque soy una precaria imitación
de lo que me dieron,
la continuación de lo
que otros empezaron.
Quiero decir que soy cualquiera:
una comunidad entera
en lo profundo de mi rostro.
jueves, 5 de diciembre de 2019
lunes, 18 de noviembre de 2019
Yo no era yo
El error fue creer
que tenía que dejar de ser yo
para que hubiera un nosotros.
No fueron tus ciclotimias,
ni tus ambigüedades,
ni tus gestos precarios,
fue mi esfuerzo estéril por ser
aquello que no era.
No fueron tus contradicciones,
ni tus dudas permanentes,
ni tus silencios recurrentes.
Es que me había
vuelto un extranjero de
mi mismo con el afán
de entusiasmarte.
Quiero decir,
aunque me lo advirtieran,
aunque me dijera que el amor todo lo puede,
aunque frente al espejo no me reconociera,
el problema fue mi obstinación en sacrificar
mi deseo para ajustarlo al tuyo.
Porque no es cierto
que el amor todo lo sufre,
todo lo espera,
todo lo soporta.
Ese es un romanticismo idiota
y peligroso.
Y ahora que miro para atrás,
ahora que ya no duele,
entiendo que el amor
es sinónimo de libertad
y no de sacrificio.
Acaso el amor sea
la potencia de ser uno junto a otro.
La intensidad que nos vuelve
mejores que cada uno
de nosotros dos.
que tenía que dejar de ser yo
para que hubiera un nosotros.
No fueron tus ciclotimias,
ni tus ambigüedades,
ni tus gestos precarios,
fue mi esfuerzo estéril por ser
aquello que no era.
No fueron tus contradicciones,
ni tus dudas permanentes,
ni tus silencios recurrentes.
Es que me había
vuelto un extranjero de
mi mismo con el afán
de entusiasmarte.
Quiero decir,
aunque me lo advirtieran,
aunque me dijera que el amor todo lo puede,
aunque frente al espejo no me reconociera,
el problema fue mi obstinación en sacrificar
mi deseo para ajustarlo al tuyo.
Porque no es cierto
que el amor todo lo sufre,
todo lo espera,
todo lo soporta.
Ese es un romanticismo idiota
y peligroso.
Y ahora que miro para atrás,
ahora que ya no duele,
entiendo que el amor
es sinónimo de libertad
y no de sacrificio.
Acaso el amor sea
la potencia de ser uno junto a otro.
La intensidad que nos vuelve
mejores que cada uno
de nosotros dos.
viernes, 15 de noviembre de 2019
Ni uno
No es el domingo lluvioso,
la foto insoportable,
la mirada que no
vuelve,
es una tristeza alojada
entre todo lo que soy
y todo lo que me falta.
No es el rostro que resiste
el olvido,
la casa que habitamos,
el futuro taciturno,
la puerta que no abre,
ni la llave abandonada.
No es el apetito
de estar vivo,
la ausencia de sentido,
la piel desgarrada,
ni el dolor de no encontrarte.
Ni siquiera es el mañana
que no llega,
o la soledad que
abraza.
Es que ayer éramos dos,
y ahora no soy ni uno.
la foto insoportable,
la mirada que no
vuelve,
es una tristeza alojada
entre todo lo que soy
y todo lo que me falta.
No es el rostro que resiste
el olvido,
la casa que habitamos,
el futuro taciturno,
la puerta que no abre,
ni la llave abandonada.
No es el apetito
de estar vivo,
la ausencia de sentido,
la piel desgarrada,
ni el dolor de no encontrarte.
Ni siquiera es el mañana
que no llega,
o la soledad que
abraza.
Es que ayer éramos dos,
y ahora no soy ni uno.
lunes, 11 de noviembre de 2019
Evo
Evo,
nombre de mujer,
pero con o.
Evo,
hombre,
pero negro,
no como Adán.
Evo,
hijo de campesinos
Aymarás,
adoradores de la pacha,
herejes del Señor.
Evo,
cocacolero del Altiplano,
no de la Coca Cola
company.
Evo,
presidente de las
cholas y los cholos,
pero nunca de la
blanca Bolivia.
Evo,
la síntesis de toda
periferia:
demasiado negro,
demasiado indio,
demasiado pueblo.
Evo,
expulsado
por el Macho
y sus armas
en nombre de Dios.
Evo,
nombre de mujer
pero con o.
La hoguera
sigue prendida
para los enemigos de la corona
y la santa inquisición.
nombre de mujer,
pero con o.
Evo,
hombre,
pero negro,
no como Adán.
Evo,
hijo de campesinos
Aymarás,
adoradores de la pacha,
herejes del Señor.
Evo,
cocacolero del Altiplano,
no de la Coca Cola
company.
Evo,
presidente de las
cholas y los cholos,
pero nunca de la
blanca Bolivia.
Evo,
la síntesis de toda
periferia:
demasiado negro,
demasiado indio,
demasiado pueblo.
Evo,
expulsado
por el Macho
y sus armas
en nombre de Dios.
Evo,
nombre de mujer
pero con o.
La hoguera
sigue prendida
para los enemigos de la corona
y la santa inquisición.
lunes, 4 de noviembre de 2019
Claroscuro
¿No estaremos abusando
-yo mismo lo hago en este momento-
de lecciones sobre
cómo vivir,
cómo pensar,
cómo desear?
Quiero decir,
quizás nos habiten
demasiadas certezas,
exceso de consejos vomitados
como ordenes,
el modo indicativo disfrazado
de sugerencia.
¿Y si nada sabemos?
Si todo no es más que una
torpe improvisación,
una búsqueda desesperada
de faros que no existen
Si dudar fuera
el camino,
e ignorar el horizonte.
¿No seríamos,
aunque más precarios,
más honestos?
Tal vez seamos
esa contradicción que
nos agobia,
el orgullo herido,
la luz que dan los huesos,
el claroscuro de los ojos.
Todo eso
y su vez,
nada de eso.
Por mi parte cada día
buceo en lo que de mí niego,
en eso que ignoro que aún ignoro,
en frágiles convicciones,
en un puñado de silencios,
en la certeza abrumadora
de todo lo que dudo.
-yo mismo lo hago en este momento-
de lecciones sobre
cómo vivir,
cómo pensar,
cómo desear?
Quiero decir,
quizás nos habiten
demasiadas certezas,
exceso de consejos vomitados
como ordenes,
el modo indicativo disfrazado
de sugerencia.
¿Y si nada sabemos?
Si todo no es más que una
torpe improvisación,
una búsqueda desesperada
de faros que no existen
Si dudar fuera
el camino,
e ignorar el horizonte.
¿No seríamos,
aunque más precarios,
más honestos?
Tal vez seamos
esa contradicción que
nos agobia,
el orgullo herido,
la luz que dan los huesos,
el claroscuro de los ojos.
Todo eso
y su vez,
nada de eso.
Por mi parte cada día
buceo en lo que de mí niego,
en eso que ignoro que aún ignoro,
en frágiles convicciones,
en un puñado de silencios,
en la certeza abrumadora
de todo lo que dudo.
miércoles, 30 de octubre de 2019
insignificante
A veces me traiciona cierto reflejo del ego.
Un mecanismo pedante para
mostrarme mejor de lo que soy
y entonces me descubro
defendiendo una idea con dureza,
con la violencia de quién
tiene algo importante para decir.
Y cuando caigo en esto,
cuando me tomo demasiado en serio,
me invade la vergüenza.
Porque no es cierto que sean tan valiosos
mis pensamientos,
no hay tal profundidad en mis
reflexiones,
no son tan originales mis ideas.
Justo yo,
que apenas soy un débil eco
de otras voces.
Acaso entonces haya que
asumirse insignificantes,
sabernos prescindibles,
reconocer que no hay verdad que nos soporte
y que nuestra voz se diluye como cualquiera.
Quiero decir,
tal vez imponer nuestras verdades
con prepotencia,
sea una de las formas del miedo.
Y asumir que quizás
nunca se trata de lo que
tenemos para decir,
sino de todo
lo que sabemos escuchar.
Un mecanismo pedante para
mostrarme mejor de lo que soy
y entonces me descubro
defendiendo una idea con dureza,
con la violencia de quién
tiene algo importante para decir.
Y cuando caigo en esto,
cuando me tomo demasiado en serio,
me invade la vergüenza.
Porque no es cierto que sean tan valiosos
mis pensamientos,
no hay tal profundidad en mis
reflexiones,
no son tan originales mis ideas.
Justo yo,
que apenas soy un débil eco
de otras voces.
Acaso entonces haya que
asumirse insignificantes,
sabernos prescindibles,
reconocer que no hay verdad que nos soporte
y que nuestra voz se diluye como cualquiera.
Quiero decir,
tal vez imponer nuestras verdades
con prepotencia,
sea una de las formas del miedo.
Y asumir que quizás
nunca se trata de lo que
tenemos para decir,
sino de todo
lo que sabemos escuchar.
martes, 22 de octubre de 2019
escuchar
Me contaste de cómo todavía te dolía,
Que no podías escuchar su nombre
porque te daban ganas de llorar,
y que los domingos se te hacían insoportables.
Yo te agarré las manos.
Después me dijiste que te preocupaba
la salud de tu mamá,
me mostraste fotos de tu sobrino,
y me dijiste que no sabias si algún día
ibas a querer tener un hijo.
Yo te cebé otro mate.
Más animada me contaste de las dudas
con tu oficio,
de la posibilidad de estudiar otra cosa,
de un libro que te partió la cabeza,
y me preguntaste si conocía al autor .
Yo negué con la cabeza.
Al final dijiste que a veces sentías
que tu rutina era una cárcel,
que quizás era hora de hacerte cargo de tu deseo,
y de tus ganas de viajar.
Yo te ofrecí la última galletita.
Antes de irte me recomendaste una serie,
me robaste un libro,
y sonriendo me dijiste:
"Me hace muy bien hablar con vos".
Nos dimos un abrazo.
Cuando te fuiste sentí
un pequeño orgullo .
Me di cuenta que estoy aprendiendo
a escuchar mejor.
Que no podías escuchar su nombre
porque te daban ganas de llorar,
y que los domingos se te hacían insoportables.
Yo te agarré las manos.
Después me dijiste que te preocupaba
la salud de tu mamá,
me mostraste fotos de tu sobrino,
y me dijiste que no sabias si algún día
ibas a querer tener un hijo.
Yo te cebé otro mate.
Más animada me contaste de las dudas
con tu oficio,
de la posibilidad de estudiar otra cosa,
de un libro que te partió la cabeza,
y me preguntaste si conocía al autor .
Yo negué con la cabeza.
Al final dijiste que a veces sentías
que tu rutina era una cárcel,
que quizás era hora de hacerte cargo de tu deseo,
y de tus ganas de viajar.
Yo te ofrecí la última galletita.
Antes de irte me recomendaste una serie,
me robaste un libro,
y sonriendo me dijiste:
"Me hace muy bien hablar con vos".
Nos dimos un abrazo.
Cuando te fuiste sentí
un pequeño orgullo .
Me di cuenta que estoy aprendiendo
a escuchar mejor.
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