Corría el mes de Noviembre cuando te fuiste.
Fue la noche más larga del mundo.
Ese solsticio duró varias semanas.
Así dejé de obedecer calendarios.
En nuestra meteorología interior,
cada quien sabe cuándo
comienza su propio invierno.
Corría el mes de Noviembre cuando te fuiste.
Fue la noche más larga del mundo.
Ese solsticio duró varias semanas.
Así dejé de obedecer calendarios.
En nuestra meteorología interior,
cada quien sabe cuándo
comienza su propio invierno.
Hay una idea cuyo eco resuena una y otra vez.
Una idea falaz, sacrificial, casi religiosa:
hay que hacer las cosas por el otro.
Hay otra quizás peor.
Moralizante, acusadora,
condescendiente con uno mismo:
Hay que hacer las cosas pese al otro.
Entonces,
si lo hago por el otro,
soy así de generoso.
Si lo hago pese al otro,
soy así de tolerante.
Ambos modos,
pese y por,
suponen la pedantería de ubicarnos
siempre en un escalón superior,
y entonces el otro está ahí
-abajo-
solo para confirmar nuestro propio virtuosismo.
Quizás se trate de suspender esa arrogancia del yo,
esa jeraquía idiota que mira siempre desde arriba,
para desmotar el caballo del ego
y asumir la mirada simétrica.
Si,
no es por el otro.
no es pese al otro,
es con el otro.
Ese que vuelve al yo,
una comunidad.
-Tenés el corazón de un perro -dijiste.
Yo pensé en esos perros bobos,
que mueven la cola ansiosamente,Voy lento.
Como si todo tuviera que suceder después.
Más tarde de lo que quiero.
Por más que lo sepa,
lo piense,
y divise mi horizonte,
la pereza que me habita me demora.
Y me lo reprocho
Siento ganas de despertarme algún día lejos mi.
De mis modos,
mis dilaciones,
mi rumeación constante.
Para que todo suceda antes.
Para no temerle a lo que deseo.
Pero entonces llego.
Sucede,
un poco más tarde,
pero sucede.
Y me digo que está bien.
Que tenía que ser ahora.
Que nadie es puntual con uno mismo.
Que quizás la lentitud es una forma del miedo,
pero también una forma de llegar.
-Amo el viento -repetía mamá cada vez que las rafagas de setenta kilometros
hacian temblar las ventanas de casa.
Yo no entendía.
Cómo alguien podía amar la arena en los ojos,
el hostigamiento de la tierra en el cuerpo,
los carteles rodando por todo el pueblo.
-¿Cómo puede ser que te guste el viento? - le reproché una tarde.
-Me hace acordar a mi infancia -dijo.
Yo hice silencio.
Ahora que estamos lejos y hay alerta de vendaval en Buenos Aires,
comprendo.
Entonces preparo el mate,
salgo al patio de casa,
sonrío pensando en mamá
y dejo que me abrace el viento.