lunes, 19 de diciembre de 2016

Soledad es

¿Te acordás Mauro como nos reíamos aquellos días en que nos gustaba contarnos de nuestra miseria amorosa?. Y tomábamos unos whiskys mientras nos revolcábamos en nuestro dolor, y poníamos las canciones más tristes, (a vos te gustaba mucho una de Aristimuño, una de esas bien bajón, como para autoflagelarse), en una suerte de competencia tacita para ver quien había sufrido más.
¿Te acordás después Mauro lo bien que estaba solo? Como te contaba que la soledad podía ser una causa y no una consecuencia. Que después de mucho tiempo había entendido que la idea de la media naranja era idiota, y que pretender que otra persona te complete es absurdo. Un mandato estéril que nos obliga a pensar que no estar en pareja es una falta.
¿Te acordás como me enojaba con mi vieja cuando me decía que le preocupaba que yo terminara solo? Y yo le decía que estar soltero no significa estar solo, y que incluso yo estaba menos solo que muchos que están en pareja hace mucho tiempo. Que la soledad es una experiencia interna, y que uno puede sentirse solo aunque este rodeado de gente.  
¿Te acordás Mauro que mi casa estaba llena de gente todo el tiempo, y el fuego estaba siempre prendido, y Anibal decía que yo no me iba a enamorar nunca más? Y que cuando te dije que me quería ir a vivir a Buenos Aires, porque necesitaba tomar un poco de distancia de tanto afecto, y quería ver que pasaba con esto de la literatura, que por ahí necesitaba pasar tiempo solo para escribir más, y me dijiste: "Andate hermano, esto recién empieza, y acá te vamos a estar esperando siempre con el fuego prendido".
Bueno Mauro, te cuento que extraño bastante nuestras charlas, pero aunque suene contradictorio acá aprendí a estar solo pero con alguien, que Anibal estaba equivocado y que mi vieja ahora anda más tranquila, porque desde hace un año más o menos, soy un hombre enamorado. Y si bien sigo pensando casi las mismas cosas que pensaba por entonces, este año aprendí que uno puede estar enamorado sin la pretensión de sentirse completo, que el amor no tiene que venir a salvarte de nada, y que cuando estoy con ella, los dos estamos solos pero nos estamos acompañando.
Que quizás sea cierta esa frase pochoclera que dice que para estar bien con alguien primero hay que saber estar bien solo, o quizás sea que estábamos equivocados y que el amor no es sinónimo de sufrimiento ni todo lo soporta ni todo lo puede. 
Y te lo digo porque el amor con ella me está enseñando muchas cosas Mauro. Y ahora tengo la sospecha de que el lazo amoroso genuino se trata de hacer los días más leves, y no cargarle nuestras miserias al otro. Que ya abandoné la idea de abarcarlo todo, porque entre otras cosas ella me está enseñando que no se necesitan grandes pruebas de amor, si no más bien, pequeños cuidados cotidianos. Que ya no confundo necesidad con deseo, que no somos la propiedad privada del otro, y que de libertad a libertad nos fuimos encontrando.
Y te juro que cuando la veo sonreír Mauro, pienso que todos esos poemas que escribí sin rostro, esos que a vos te gustaban tanto y terminaron siendo un libro, quizás solo fueran el camino para llegar a ella. Y te quería decir antes de despedirme, porque ella se esta por despertar y le quiero cebar unos mates, que no me arrepiento para nada de aquellas palabras, que sigo sintiendo que estar solo no es ninguna falta Mauro, que no estamos obligados a vivir la vida a pares, pero no sabés lo lindo que es estar solo pero con alguien. 
Digo, hace un año que estoy con ella, y como leí alguna vez por ahí, todos los días descubro que es la persona con la que realmente quiero estar cuando realmente quiero estar solo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Clepsidra

He sido un equívoco bárbaro
de la poesía. 
He sido intruso por azar a un
territorio que no me pertenece
y según dicen los tecnos,
no merezco.

Y peor aun, 
bajo esta piel del cordero algunos
 me han llamado poeta,
me han leído,
 y me han brindado
sus genuinas alegrías.

Y el lobo que habita en mi
lo sabe y se cuestiona.
Pues su aullido muchas veces 
se ha sentido prostituido. 

Por eso mi vergüenza ante
la mirada de aquellos que no dudan en llamarse poetas,
he hinchan el pecho dándose palmadas en su espalda,
mientras de reojo me espían sabiéndome extranjero,
y me apuro a esconder mis escritos torpes
que casi nunca arriman un buen verso. 

Por eso nunca acierto en el uso
de los verbos que ellos beatifican,
y mido el tiempo en relojes
y googleo que es la clepsidra,
y me cuesta hablar de ósculos bajo febo,
cuando solo se trata de andar
bajo el sol a los besos.

Por eso estas disculpas a los policías de
la poesía,
es que yo escribo como silbando
y nunca fui bueno con la disciplina.

Acá les dejo estas palabras muertas,
que ni siquiera tienen rima,
yo renuncio al club de egos.
Afuera el día esta muy lindo,
yo me voy con Maria Laura
a llenarla de ósculos bajo febo.








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martes, 8 de noviembre de 2016

Payaso

            Mirá que yo soy un defensor de la tristeza eh, mirá que me la paso diciendo que en esta época llena de prospectos para ser feliz, en esta época del goce constante, la tristeza es una emoción necesaria, un mecanismo de defensa contra la estupidez del mundo. Que todos tenemos el derecho de andar tristes de vez en cuando sin tener que dar tantas explicaciones. Pero con vos esos argumentos no me sirven para nada. Con vos me pasa todo lo contrario, con vos no puedo. 
           Es que cuando estás así, cuando andás como mirándote para adentro, con la mirada nublada, con esa tristeza sin nombre, yo me pongo a dar vueltas cerca tuyo sin saber qué hacer, como un perro con la cola entre las patas. Y entonces hago chistes estúpidos, preparo mate en el mate de lata que a vos te gusta, te compro aceitunas rellenas y te pregunto sesenta y siete veces si necesitás algo mientras recurro a mi baúl de trucos bobos para ver si te saco una sonrisa, si te hago reír un poco. Y a veces vos me devolvés una sonrisa tibia, con tus ojos repletos de domingo, dándome a entender que la cosa no es conmigo, que te deje tranquila con tu tristeza llena de tiempo. Y yo te miro sintiéndome un payaso inútil, un bufón desorientado.
         Y te dejo un rato sola, convenciéndome de que está bien así, que a todos nos pasa, que todos tenemos nuestros días, que a mi tampoco me gusta que me jodan cuanto estoy triste. Y vuelvo por un segundo a mis argumentos berretas, a repetirme que la tristeza es un derecho, a mis convicciones de horóscopo mojado. Pero eso me dura muy poco, dando vueltas por la casa con un nudo en la panza porque no aguanto verte así, con la mirada apagada. Y entonces lo intento otra vez, vuelvo con algún chiste idiota, algún refrán de esos que me enseñó mi viejo, vuelvo torpemente a intentar barrer tu tristeza, como haciendo caso omiso a tus ganas.
          Pero tenés que saber que esta insistencia es culpa tuya, que sos vos la que me mal acostumbró. Vos y tu compulsión a sonreír de esa manera. Vos y esa sonrisa imperfecta. Sí, la culpa es tuya. En el fondo sé que es eso. Sé que es mi egoísmo miserable el que no soporta tus días tristes. Es mi deseo cachorro el que busca tu sonrisa todo el tiempo. Yo y mi narcisismo infante que se sostiene de tus gestos. Yo con la cola entre las patas el que hoy se contradice. Porque claro que sé que la tristeza es un derecho. Pero me vas a tener que disculpar, con vos no puedo. No soporto verte así, odio esos días. Esos, que me convierten en este payaso inútil, en este bufón desorientado que te escribe haciendo malabares para regalarse tu sonrisa. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

El Hijo del Gallego (segunda parte)

"Vos tenes que estudiar, no seas un boludo como yo" , me repetía siempre mi viejo. Supongo que ese consejo era una mezcla de frustración personal con el deseo de todo padre de que su hijo estudie en la universidad. Y supongo que ese consejo no era solo suyo, era la voz propia de toda una generación. Esa que queriendo estudiar no pudo, o pudiendo no quiso, esa generación, la de mis viejos, que veía en el estudio universitario una promesa de futuro, de una vida mejor.
Será por eso que yo pude estudiar y recibirme. Un poco por eso, y otro poco porque tuve la posibilidad. Pero no hubo en ese tránsito universitario, ni lo hay hoy en mi oficio, nada parecido a una vida mejor. Quiero decir, sí probablemente he tenido mejores posibilidades, puedo vivir de lo que estudié, y si no pasa nada extraordinario, moriré viviendo de ello. Pero haber tenido mejores posibilidades, no me convierte de ningún modo, en mejor tipo que mi viejo.
Porque hace rato entendí que mi viejo tiene un talento que escapa a las universidades y los academicismos. Y aunque crean que es una exageración, una mirada de hijo que ve gigante a su padre, los que lo conocen, saben que hablo en serio. Mi papá tiene soluciones para todo, mi papá es una máquina de hacer favores, quiero decir mi viejo es millonario en gestos. 
Cada vez que he tenido un problema, cada vez que necesité ver un médico de urgencia, o necesitaba laburo, cada vez que se me quedó el auto, me quedaba sin luz en casa, o un amigo necesitaba una mano, mi viejo me daba un teléfono, y me decía: "Llámalo de parte mía, decile que sos el hijo del gallego".
Y con un poco de timidez, pero sobre todo con urgencia, yo llamaba a el "Bocha", o el "Turco", a "Puchi", a el "Dado", a "Pelé", o al "Richi", y al rato tenía mi problema resuelto. Y como si eso fuera poco, cuando llegaba el momento de pagar, siempre recibí la misma respuesta: "No se te ocurra darme nada. Vos no sabes los favores que yo le debo tu viejo".
Y dicho así, suena como si mi viejo fuera político, o un capo de la mafia, un tipo al que le tienen miedo y por eso todos les responden.  Pero nada de eso, no soy el hijo de un Intendente, ni soy hijo de Don Corleone, ni soy el hijo de....yo soy el hijo de "El Gallego", un tipo que sin universidad de por medio, tiene una maestría en resolver problemas ajenos.
Por eso cuando lo veo atender el teléfono a toda hora y salir corriendo como loco a conseguir una garrafa, una cama y un colchón nuevo para esas familia que se les quemó el rancho o cargar el baúl del auto con leche y alimentos para una escuela, o llamar a la radio pidiendo una heladera para un comedor, yo lo miro sabiéndome ignorante.
Por eso cuando todos lo saludan en el pueblo, y él responde con un chiste, diciéndome "no tengo idea quien es este", mis estudios universitarios se vuelven obsoletos.
Porque hay tanto doctor en lamer botas, tanto licenciado en ignorar dolores, tanto ingeniero en mirar para otro lado, tanto moralista del discurso, que yo te miro ahora y me dan ganas de decirte que siempre estuviste equivocado viejo, que vos no sos ningún boludo, que a mí me llena de orgullo el papá que tengo, que la universidad no garantiza nada, a lo sumo y con suerte, un poco de plata, pero que la solidaridad no se aprende en los manuales, y que si algo aprendí de vos es que habitar el dolor del otro es una cosa ética y no técnica, y que en eso, sos es el mejor de los maestros.
Y decirte, sobre todo decirte, que ojala llegue a ser un poquito como vos, millonario en gestos, licenciado en buena gente, y que el día de mañana cuando mis hijos necesiten un favor, sientan su corazón hincharse como yo siento el mío, cada vez que tengo que escuchar: "No se te ocurra darme nada. Vos no sabes los favores que yo le debo a tu viejo".

Matias de Rioja
04 de Noviembre de 2016

martes, 18 de octubre de 2016

Machitos Patriarcales

¿Qué parte de mí y de mi hombría puede ofenderse porque las mujeres no quieren que vaya a su marcha?
¿Qué parte de mí, y de mi cuerpo heterosexual, político y patriarcal tiene derecho a indignarse cuando algunas de las mujeres que cosificamos, abusamos, secuestramos, violamos, empalamos y matamos, exigen que no haya hombres en sus plazas?
¿Qué parte de este cuerpo macho que no estuvo obligado a conocer ginecólogos en su infancia, ni a tomar anticonceptivos, ni va a ir preso por un aborto, puede sentirse excluido de una lucha que apenas entiende?
¿Qué parte de este cuerpo que no es empujado a depilarse, maquillarse, operarse, ni hacer dieta para ser deseado?
¿Qué parte de este niño que no tuvo que lavar platos, encerar pisos, cocinar o tener hijos para ser hombre, tiene el tupe de incomodarse cuando le piden que por una vez no sea centro y aprenda a ser periferia?
¿Qué parte de esta alma que nunca tuvo que cruzar la calle asustada si una mujer le caminaba detrás,  ni recibir denigrantes adjetivos de trabajadores en andamios y onanistas en autos caros?
¿Qué parte de este cuerpo que ignora lo que es ser manoseado en un colectivo, y nunca temió por su vida tomándose un taxi de noche (o de día),  ni fue acosado sexualmente por una jefa, o una compañera de trabajo,  puede pretender ser víctima cuando todavía es victimario?
¿Qué parte de mi conciencia que pese a todos sus esfuerzos de creerse crítica, todavía se divierte enviando y recibiendo vídeos y fotos de mujeres desnudas por whatsapp, se incomoda si su sobrina se pone una pollera corta o le pide a su compañera manejar para sentirse seguro, que detiene su zapping cuando un par de tetas aparecen en la tele, se cree con la altura moral de acompañar a esas conciencias hace siglos oprimidas?
Ningún derecho. Ni mi cuerpo, ni mi alma, ni mi infancia, ni mi precaria conciencia (que siempre estuvieron del lado del opresor) tienen derecho alguno de ofenderse por no ser parte de esta lucha. Porque lamentablemente aún habitan en mí muchos de los gestos patriarcales que, cultura mediante, desde la cuna he mamado, y porque esta lucha les pertenece por entera a esos cuerpos cansados de ser masacrados, no me asiste derecho alguno de acompañarlas.
Hasta que nuestras fálicas mentes dejen de naturalizar su muerte, hasta que podamos mirarlas sin vergüenza a los ojos, y hasta que ellas nos convoquen a caminar a su lado, tendremos que ser nosotros, los machitos patriarcales, los que debamos quedarnos en nuestras casas viendo como un nuevo orden ético avanza.

domingo, 16 de octubre de 2016

Mi mamá no es la mejor mamá del mundo.

Mi mamá no es la mejor mamá del mundo. Incluso sé que ese titulo, el de "mejor mamá del mundo" la incomodaría. Además supongo que decir que uno tiene la mejor mamá del mundo, es un poco narcisista, quiero decir creer que como es "Mi Mamá" eso la convierte en la mejor me suena un poco egocéntrico, y ello supondría implicitamente que si ella es la mejor mamá del mundo, yo soy el mejor hijo del mundo. Pues no. Ni ella es la mejor mamá del mundo, ni yo ni mis hermanos somos los mejores hijos del mundo.
Aunque para mi haga las mejores milanesas del universo, aunque sus ñoquis no tengan parangón,y sus sanguchitos de jamón y queso sean adictivos para sus hijos y sus nietos, mi mamá no es la mejor mamá del mundo. Ni quiere serlo.
Mi mamá es de esas mujeres que rechaza los reconocimientos y se dedica a devolver con un sonrisa gentil cada uno de los elogios. Nunca le gustaron esos títulos, ni de mejor mamá, ni mejor cocinera, ni mejor abuela, ni mejor laburante, ni mejor hermana, ni mejor nada. A mi mamá no le gusta la competencia.
Como todas las personas mi mamá tiene un puñado de virtudes y tantos otros de defectos, se enoja un poco cuando hacemos algo que nos pone en riesgo, (pese a que ella nos advirtió), frunce el entrecejo y su sonrisa desaparece si usamos el celular en su casa, se molesta si insistimos en preocupamos mucho por su salud, y tiene el defecto de nunca pedir nada, aunque yo sepa muy bien cuanto se alegra con una llamada o una visita a tomar unos mates. Y si bien a veces me gustaría que se revele contra las injusticias que como mujer ha sufrido, y le digo unas palabras creyendo tener razón, ella me mira en silencio mientras me ceba otro mate, y en esa mirada entiendo una sabiduría que mi soberbia todavía no comprende.
Si como decía Ulloa, la vida oscila siempre en transitar entre espacios de la crueldad y espacios de la ternura, mi mamá se ha dedicado, en un ejercicio permanente, a llenar nuestros días de ternura. Y si como también dicen por ahí, ser madre no es solo una palabra sino sobretodo una función, mi mamá ha cumplido amorosamente esa tarea, y le ha dado a esa palabra el más genuino de los significados.
He visto a mi mamá cansada, la he visto llorar, la he visto frustrada, la he visto equivocarse, la he visto gritar, la he visto triste y la he visto enojada.  Pero nunca la vi habitar la crueldad, ni regocijarse en el dolor ajeno, ni usar la palabra para lastimar a alguien. Y aunque la vi pasar por todos esos estados, ahora que estoy lejos, (porque ella también empujo para que siga siempre mi deseo, aunque este me alejara de ella),  cuando la imagen de mi mamá acude a mi mente, está acude siempre sonriente.
Si, mi mamá no es, ni  quiere ser, la mejor mamá del mundo. A lo sumo ha querido ser la mejor mamá posible para mi y mis hermanos, dedicándose cotidianamente a ser una fuente de cuidados, libertad y ternura.
Pero como yo también peco de narcisista, y como estamos en este día, (en que nos impusieron celebrar su día), voy a tener que contradecirme, y espero nadie se me ofenda, pero si bien, como ya dije, mi mamá no es la mejor mamá del mundo, hay algo que tengo que confesar, una cosa en la que mi mamá si es la mejor mamá de todas: No hay nadie, ninguna, ningunita, en ningún lado que abrace como abraza mi mamá.
Si, y como diría Oliverio,  - en esto soy irreductible -,  mi mamá es sin dudas la dueña del mejor abrazo del mundo.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Manuales

Te juro que cada vez que me mirás así, me dan ganas de prender fuego todos los manuales.
Y últimamente eso me pasa más seguido, cada vez que voy a visitarte salgo del hospital contrariado, preguntándome que carajo hago ahí adentro, a que voy día por medio creyendo que mi visita puede hacerte bien, con todas mis teorías en la cabeza, esas que me enseñaron hace unos años en la facultad, esas mismas que incluso ahora yo enseño, y que se vuelven inútiles en el mismo momento que me miras con esos ojos. 
Porque antes, en las primeras visitas, cuando todavía me hablabas me sentía útil, y salía con la tibia sensación de que quizás mi presencia servía para algo, algo más que para justificar un sueldo. 
Pero ahora ya casi no hablas, supongo que andas cansado de tanto médico que entra y sale, con tu mamá mirándote preocupada cada vez tenes quimioterapia, viendo cómo te cambian el suero y la sonda a ver sin engordas un poco, porque si no engordas "no va a aguantar el tratamiento" dicen los doctores.
Entonces llego yo con un cubo mágico, o alguna historieta que me pareció que podía gustarte, haciéndote algún chiste futbolero, y vos me clavas esa mirada llena de significado, esbozando una sonrisa por pura cortesía.
Y tu mamá nos deja solos, creyendo que quizás a mí me decís algo, que por ahí me contas porque no tenes ganas de comer, y andas ofuscado todo el tiempo, pero nada de eso ocurre últimamente. 
Vos solo me miras en silencio, y ese silencio me incomoda, el aire se vuelve espeso y entonces yo empiezo a decir lo que dicen los manuales, tiro frases hechas, hablo de que esto es largo, que es un proceso, que tenes que aguantar, que esto es paso a paso, que de a poco vas a estar mejor, y por dentro mío me siento un idiota, porque la verdad es que no se si eso va a ser así, porque esta es una enfermedad de mierda, de esas que nadie merece, y menos un pibe de tu edad Juan. Pero para eso estudie, para trabajar con la palabra, para levantar ánimos, para aliviar angustia. Y mientras digo estas palabras inútiles me seguís mirando, y pienso en la transferencia, en el deseo, en la pulsión de vida versus la pulsión de muerte y me siento cada vez más idiota ante tus ojos grandes y redondos, que me confirman que los manuales no sirven para nada, y pienso que haría Mabel en este momento, ella que me enseño tanto.
Y a veces me susurras una palabra, un sí o un no, porque siempre fuiste respetuoso, sospecho que esperando que me vaya rápido, que te deje tranquilo porque al final soy uno más del montón que entra y te dice lo que tenes que hacer, y vos en la cama con tus catorce años, cada vez más flaco, lleno de cables y con ganas de dormir otro rato.
Y antes de irme te miro una vez más, cruzando nuestras miradas un instante, y yo veo tanto brillo en tus ojos, Juan, ese brillo intraducible que tiene la esperanza, y recuerdo otra vez una frase de Cortázar, y como siempre Julio me es más util que Freud y Lacan, (aunque mis colegas se molesten), y sin decirte nada te miro fijo, y te quiero decir eso que de otro modo no puedo, eso que solo el encuentro cara-a-cara ofrece, como dice Nadia, ese donde tu misterio y mi misterio ya no tienen rótulos Juan, y yo no soy psicólogo ni vos sos mi paciente, y solo somos dos personas mirándose, Vos y yo Juan, y decirte con mis ojos que todavía falta mucho, que tenes catorce años, que todavía te falta un montón, que todavía te falta enamorarte Juan, ir en bicicleta con el corazón en la boca yendo a ver a  la chica que te gusta, que todavía te falta llorar cuando esa misma chica te rompa el corazón, que todavía te falta emborracharte con tus amigos, y equivocarte mil veces Juan, y que por eso voy a seguir viniendo, que eso haría Mabel también, que yo voy a seguir viniendo a verte, y que voy a quemar todos los manuales antes de entrar al hospital, que voy a seguir viniendo aunque nos quedemos en silencio, hasta que todo esto pase, y vos te vuelvas a tu pueblo con tu gente, y te alcance este texto para que leas, y vos me regales esa sonrisa amable una vez más, porque si Juan, porque si le vas a ganar a esta enfermedad de mierda, porque tus ojos son un discurso, porque están llenos de esperanza, y como dice Julio, la esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.