miércoles, 24 de mayo de 2017

LLaves

Me quedé pensando en tu pregunta, Mauro. Esa de si estaba seguro. Y la verdad que me da un poco de gracia que me lo preguntes justo vos. Porque si algo sabés, si de algo te has burlado muchas veces es que yo no suelo estar seguro nunca de mis decisiones. Y quizás hasta admire un poco a esa gente, a esos que cuando les preguntás, responden sin titubear, convencidos de cada paso que dan, como si vivieran en un universo repleto de certezas.
Pero yo no, Mauro, lo mío vos bien sabés que son las dudas, los rodeos, los titubeos, esto de darle tres o cuatro vueltas a las cosas antes de decidir. Por eso te decía que eligieras vos los vinos, o dónde querías parar a comer cada vez que andábamos de viaje, porque sabía que mis dudas te ponían nervioso.
Y si lo pienso un poco, fue siempre así. La mayoría de mis decisiones vitales, aquellas que cambiaron el curso de mis días y configuraron mi existencia, fueron decisiones de las que nunca estuve del todo seguro. Así decidí estudiar lo que estudié, así acepte mi primer trabajo, así decidí dejar la casa materna, así decidí publicar mi primer libro, y así decidí irme de mi pueblo para venirme a vivir a Buenos Aires. Siempre dudando.
Pero, ¿sabes qué, Mauro? Yo ya aprendí que la seguridad no es un atributo que me habite, y en el fondo creo que eso de la certeza es un argumento frágil, por eso tal vez yo elija moverme siempre para donde me lleva la alegría y no la certeza. Y no te hablo de esa alegría que convirtieron en un negocio, Mauro, no hablo de ese eslogan berreta, de esa revolución que prometieron mientras estaban llenos de rencor, hablo de otra alegría, hermano, de la alegría profunda, la que multiplica y rompe mismidad, de la alegría de encontrarse con el otro y en el otro, de esa alegría que es potencia y es deseo.  
Y no sabes la alegría que a mi me da pasar mis días con ella, Mauro, lo asombrosamente fácil que es estar juntos, la libertad que tenemos para poder dudar tranquilos, sin tener que fingir todo el tiempo que tenemos todas las respuestas. Porque vos sabés que la vida es un bicho complejo, que los caminos pueden ser muchos, y las contradicciones son una necesidad, pero cuando estoy con ella no me creo con la pedante obstinación de esgrimir seguridades.
Entonces ando con esta permanente sensación de alegría desde hace mucho tiempo, Mauro, y para mi eso es el horizonte. Y si bien nunca estaré seguro de mis decisiones, ni por qué esa carrera, ni por qué ese trabajo, ni esa ciudad, y tampoco sabré si el amor es razón suficiente para construir un destino, si estoy convencido que lo es la alegría. Quiero decir, no creo en ningún futuro que no tenga la alegría como punto de partida, y a mi se me inunda el pecho como un idiota cada vez que la veo, Mauro, cada vez que me pide que le prepare un mate, o la abrace un rato más, una alegría que me hace escribirte con los ojos húmedos mientras voy en el ciento sesenta a buscar las llaves de nuestra casa, la casa en la que siempre tendrás un colchón, Mauro, la casa en la que decidimos irnos a vivir con todas nuestras dudas, preguntas y ternura, la casa a la que nos llevamos esta profunda alegría de estar juntos.

Matias de Rioja

martes, 9 de mayo de 2017

Sanar

No fueron mariposas en la panza.
Ni las manos sudadas,
ni temblor en todo el cuerpo,
(bueno si quizás al principio,
hasta que hiciste aquel chiste
que descomprimiría todo),
fue más bien algo entre la risa cómplice 
y el silencio. 

No fue un volcán en erupción,
ni una desesperada necesidad
ni temor al desencuentro,
fue más bien la sensación
de manos calentitas junto al fuego. 

No perdí la cabeza,
(tal vez alguna vez),
ni recurrí a promesas falsas,
no sucumbí a mis repeticiones,
ni hubo terror a lo incierto, 
fue más bien una calma ternura
creciendo.

Y aunque algo dentro mío
le intrigaba esta ausencia  
de convulsiones,
esta anemia de histrionismos, 
me fui dejando llevar  
por una certeza de 
sonrisa abierta. 

Y lo digo ahora, 
que ya ha pasado tanto tiempo,
porque todavía me conmueven
los mismos gestos.
Tu manera de enseñarme
que quizás el amor no es drama
y desamparo,
sino más bien cotidiana compañía e
intenso sosiego. 

Sí, ni mariposas en la panza,
ni erupciones volcánicas,
ni temblores histéricos, 
lo nuestro fue desde el principio
la búsqueda por
deconstuir el amor propiedad,
es decir lo nuestro fue siempre 
un intento de
aprehender el amor de nuevo.

Quiero decir, 
quizás no sea cierto que el amor   
deba rozar la locura,
no hay ningún coraje en aquello 
que goza en lo enfermo.

Por eso  nunca se trató de estar loco por vos,
porque el amor acaso sea una
potencia del deseo
y no de la necesidad, 
y que quizás el amor sea 
entonces
 el humilde ejercicio de 
estar sano junto a otro.  











lunes, 10 de abril de 2017

Licantropía

Ahí van las hienas,
con su obsesiva manera de escupir condenas.
Habitando todos los cafés,
sentados en todas las mesas,
con su sabiduría rancia,
sacándose restos de comida entre los dientes.

Algo habrán hecho dicen, y se ríen las hienas.
Son todos vagos dicen, y festejan dándose palmadas.
Que vuelvan los milicos dicen, escondiéndose en su chiste.
Hay que molerlos a palos así aprenden, dicen 
buscando complicidad.

Repitiendo su racimo de sentencias,
las hienas van detrás de la noticia que le ofrecen,
destilan un odio visceral a todo lo otro,
a toda diferencia con ellos mismos,
mirándose siempre al espejo que es la tele
en búsqueda de una verdad.

Negros de mierda, dicen y se excitan.
Quiero ver cuando te pase a vos, 
dicen mostrando sus colmillos.
No tienen solución,
repiten las hienas sedientas de diagnósticos,
convencidas de su moral,
sus buenas costumbres 
y sus impuestos al día.

Incapaces de ver historias y contextos,
pero adictos a la meritocracia,
las hienas se muestra apolíticos y racionales,
donando sus sobras orgullosos
y persignándose frente a todas las iglesias.

No entienden de alteridad ni de mesura,
confunden solidaridad con limosna,
sólo piden justicia cuando los barrios tienen asfalto,
y el roce con la pobreza les hace girar
la cabeza para el costado.

Las hienas pululan por todos lados,
disimulándose en manada,
y aunque nos quieran imponer su miedo,
no queda otra alternativa que tomar aire
y enfrentarlas.

Con la hospitalidad y la palabra,
sin levantar la voz y con la guardia baja,
llenando de interrogantes 
su crisol de censuras,
sabiendo sostenerles la mirada.

Y entonces buscarlos en lo profundo de sus ojos
con la esperanza de encontrarnos,
en un gesto amoroso,
en ese resto de ternura que seguro los habita
desde antes,
mucho antes,
que les envenenaran el alma.












sábado, 8 de abril de 2017

Náusea

No sé por donde empezar. No se ni como decirlo. Siento una vergüenza profunda. Algo que nace desde la boca de mi estomago. Una náusea por mi condición de hombre. Unas ganas de salir a pedir perdón, de decirles que no todos somos así. Pero eso no sería cierto, de algún modo todos somos así, todos matamos a Micaela, si, yo también mate a Micaela.
Y escribo esto con la náusea encima, como esperando que sólo sea una borrachera, que no sea cierto, que no lo hicimos de nuevo, que no las matamos otra vez. Pero si lo hicimos, porque tenemos total impunidad para hacerlo, porque crecemos con el derecho natural de hacerlo. Por que nos tienen miedo, y las condiciones siguen siendo las mismas para que esto así sea, para que no dejen de temernos.
Por más que digamos #niunamenos, o #vivaslasqueremos, por más que las acompañemos a las marchas, y levantemos sus banderas, tenemos el germen del monstruo adentro.
A nosotros nos enseñaron a mirarlas así, o a usarlas así, a verlas como otro de las tantos objetos útiles a nuestro deseo patriarcal, y la abrazo a mi novia, y pienso en su miedo cuando la subieron a ese auto, o en mi sobrina corriendo con terror mientras uno de nosotros le decía guarangadas desde una camioneta , y la náusea no se va, porque es algo que está tan adentro nuestro, un monstruo alimentado por siglos y siglos de una normalidad fálica y brutal, un monstruo que pese a todos sus esfuerzos por detenernos, sigue creciendo, por eso nos temen, por eso cruzan la vereda, por eso no pueden viajar solas, ni andar solas de noche, porque estamos en todas las esquinas con nuestra enferma manera de mirarlas, y tenemos todas las instituciones a nuestro favor, todas las subjetividades preformateadas a indignarse si intentan revelarse, si pintan una pared o si marchan desnudas.
Y claro que podría hablar de eso también, de la hipócrita manera que tenemos para indignarnos por un par de tetas y el silencio cómplice que sostenemos cuanto matan a una más, todos los días, todos los días, todos los días.
Pero no quiero hablar de eso, lo que quiero es pedirles perdón de algún modo, porque siento vergüenza por mi género, una vergüenza genuina y nauseabunda, pero que no me redime, porque claro que soy culpable, claro que hago un chiste si mi sobrina se pone una pollera corta, claro que habitan en mí los gestos de toda la violencia machista que insiste en presentarse como natural, claro que de algún modo yo también maté a Micaela. No sólo fue el asesino, no sólo fue el juez que lo liberó, no fue sólo el "sistema", como una categoría vacía y anónima, somos nosotros, los hijos sanos del patriarcado, los que pese a todos nuestros esfuerzos por deconstruirnos seguimos siendo cómplices, ya sea por omisión, de la muerta de Micaela.
Por eso, aunque no te conocía, yo también te maté de algún modo Micaela, yo también llevo en mi sangre el ADN cultural que insiste en tratarlas como cosas.
Por eso no diré  #todossomosmicaela para lavar culpas, porque probablemente esté, una vez más, del lado del opresor y no del oprimido, porque seria estúpido pretender sentir el dolor y el miedo que hoy y todos los días las mujeres sienten, y porque los medios usarán la noticia hasta que ya no sea redituable, y porque cambian los rostros y cambian los nombres, pero lo que no cambia, es que mañana uno de nosotros estará esperando en otra esquina para volver a asesinarlas.

Matias de Rioja


jueves, 6 de abril de 2017

Subte

Hace unos días cuando me subí en la estación Congreso y vi un asiento libre en la punta, al lado de la puerta, miré un par de veces a mi alrededor para ver si alguien amagaba a sentarse, y tras unos minutos con el asiento libre decidí a sentarme para poder leer más cómodo.
Me gusta viajar en subte. Me gusta esa sensación de ir bajo tierra, recorriendo la ciudad desde sus entrañas para ir desde un lugar a otro. Y por lo general es difícil conseguir asiento libre para leer. Pero ese día pude. O eso creía. 
Durante un par de estaciones, pude leer muy concentrado un libro de Guebel que me tenia atrapado, hasta que un ruido extraño y molesto me interrumpió. Era un sollozo, una especie de gimoteo que venía de entre el tumulto de gente. Busqué con la mirada unos segundos hasta encontrar el origen del ruido que distraía mi lectura. Provenía de un señor de unos cincuenta años, canoso y de ojos claros. Vestía un pantalón marrón clarito marca "Pampero" y unos botines de trabajo "Ombú".  Lloraba.
Si por lo general es raro e incómodo ver a alguien llorar, más lo es en un vagón lleno de gente, todos  apretados. Por eso quizás mi primer acto reflejo fue poner mis ojos de nuevo en el libro, incomodo, espiando disimuladamente al hombre que sollozaba. (Cierto es también que esto es propio de cualquier espacio, raramente nos detenemos ante alguien que llora, estamos demasiados ocupados para llegar a ningún lado). 
Mientras lloraba, el hombre hablaba por teléfono, y en su balbuceo se escuchaba un "no sé como voy a seguir hermano, no sé como voy a hacer, cómo se lo digo a mi familia...", con una angustia tal que volvía imposible seguir leyendo. Quizás por eso, y quizás un poco por oficio cuando terminó de hablar por teléfono, saqué de mi mochila un pañuelo descartable y estirándome un poco, le toqué la mano para alcanzárselo. Lo aceptó haciendo un gesto como quien da las gracias. Intenté inútilmente seguir con la lectura, más para defenderme de la angustia que la situación me generaba que por ganas reales de seguir leyendo. 
Llegando a la estación Primera Junta, vi que el hombre de mirada triste se acercaba hasta la puerta, cerca de donde yo estaba. (los que viajamos en subte sabemos que una estación antes tenemos que acercarnos al lado de la puerta, siempre está el miedo de no poder bajar a tiempo).
Ahora que estábamos próximos, fue él quien me tocó el hombro. Me volvió a agradecer. Le dije que no había nada que agradecer, y le pregunté si quería otro pañuelo pero se negó a aceptarlo. En mi cabeza había mil preguntas ¿Por qué lloraba?, ¿cómo ayudarlo?, ¿podía ofrecerle algo más que un pañuelo? (Muchos de los que estábamos ahí nos hacíamos estas preguntas). 
Llegando a la estación, nuestras miradas volvieron a cruzarse y casi sin pensarlo me salió preguntarle qué había pasado, si podía ayudarlo en algo (gajes del oficio otra vez, supongo). Me respondió entrecortadamente: "Me acaban de echar del laburo, a mi y a 24 compañeros más... reducción de personal". Sólo atine a decir:  "Miserables". 
Las puertas del subte se abrieron y el hombre estiró su mano para saludarme, nos apretamos la mano tibiamente y bajó con su ropa de trabajo que el otro día no podría usar. Me quedé en el vagón del subte, con el libro abierto en mis piernas, con toda la angustia flotando en el aire, pensando que no le pregunté el nombre, que tampoco le di el mío, ni mi teléfono, ni nada. 
Llegue a casa contrariado, reprochándome no haberle dado ni siquiera mi teléfono. Apenas vi a mi compañera le comente la escena. Mi libro, el sollozo, la ropa de trabajo, la tristeza en la mirada, el apretón de manos final, mi incapacidad de ofrecerme. Ella me escucho tranquilamente y con su sensatez habitual me respondió: dejá de echarte culpas, ese hombre no va a necesitar un psicólogo, o quizás sí, pero lo que seguro va a necesitar es un laburo.
Ahora que escribo estas líneas, entiendo que tal vez ella tiene razón, que mientras nos quieren llenar la cabeza de odio -los mismos que prometieron alegría-, la tristeza gano las calles. Que ese día veinticinco personas más se quedaron sin trabajo y que seguro, no saldrá en ningún lado. 
Porque la verdad mediática insiste en negar la realidad con sus debates de circo macabro, invirtiendo moralidades, manipulando estados de ánimo, imponiendo una "normalidad" hecha a su medida, una normalidad perversa y meritócrata, mientras lo real se impone en todas partes.
Hasta debajo de la tierra, donde leer ya no se puede porque la angustia también viaja en el subte.


Matias de Rioja


jueves, 16 de marzo de 2017

Sobre el adiós

¿Desde dónde hablar sobre el adiós?
¿Desde qué lados?
¿Desde la mano que titubea al despedirse o
desde los ojos que resisten la partida?

¿Y de quién es el adiós?
¿A quién le pertenece?
¿A quien busca dejar atrás eso que lo habita,
los calvarios bajo piel,
el cadáver de otros días,
un durante que se volvió amarra?
¿O de quien se rehúsa a despedirse,
de quien resiste en un abrazo que agoniza,
de quien ruega un poco más?

¿Es el adiós necesariamente un límite?
¿Un punto final implorando distancia?,
¿o se dice adiós deseando lo que aún se ignora?

¿Y de qué está hecho el adiós?
¿De memoria muerta,
de existencia opaca,
de amor perecedero?
¿o de obstinada persistencia,
de imposible olvido,
de herida siempre abierta?

Y quien dice adiós,
¿sabe acaso lo que dice?
¿De qué se está despidiendo?
¿Alcanza acaso decir adiós para despedirse?
¿O es sólo una coartada cobarde,
un vano intento por alejarse de aquellos que son uno,
corazones de carne ajena que irrigan nuestra sangre?

¿Y cuántas caras tiene el adiós?
¿Alguien vió sus fotos?
¿Un único y solitario rostro que condensa todo lo que se despide?
¿O una serie infinita de miradas que insisten en volver?

Y por último,
¿Cuál es el sentido del adiós?
¿Agachar la mirada como quien acepta lo irreversible del tiempo?
¿Una suerte de flor que se deja en el cementerio del pasado?
¿O se dice adiós con los labios llenos de esperanza?
¿Con el temblor de todo el cuerpo?,
¿Con la vida en la garganta,
empecinada en darnos 
otra oportunidad?



Matias de Rioja


miércoles, 15 de marzo de 2017

La culpa no es del chancho

Es difícil cuidar a mamá. Y no quiero decir con esto que mamá sea una mujer difícil.  Acaso lo difícil, lo realmente complejo es que mamá se deje cuidar por nosotros. Es que supongo que esa inversión de roles, ese dejar de cuidar para pasar a ser cuidada, dispara toda una suerte de resortes hasta ahora ignorados por todos.
Porque de pronto es ella la que está en una cama necesitando que le arrimen un vaso de agua, tomar algún remedio y hay que estarle encima para que cumpla con las sugerencias de la doctora de que no haga esfuerzos.
Y un poco entiendo que sea difícil para mamá dejarse cuidar, porque debe ser complicado para alguien que siempre fue una usina de regalar cuidados, esa transición, ese pasaje.
Por eso cuando se enoja, cansada de que le estemos encima y medio nos ladra pidiéndonos que la dejemos tranquila, y me pregunta si me traje abrigo porque afuera está frío, si es cómoda la cama donde estoy durmiendo, o pidiéndome que me fije si mi hermana esta comiendo bien, algo adentro mío alcanza a comprender.
Porque entiendo que es una voz irrenunciable la que habla, que por más reposo, retorcijones  y dolor constante, ella no puede con ese oficio, con ese obstinado deseo de cuidar que en ella tanto abunda y en otros lados tantas veces escasea.
Entonces mi hermano la reta y le dice que se deje de joder, que ahora nos toca a nosotros, que es tiempo de dejarse cuidar, y ella lo mira con su sonrisa eterna y todos nos reímos un poco. Porque sabemos que somos medios nuevos en esto, y a mi me viene a la cabeza esa frase que tanto repite mamá, esa de que "la culpa no es del chancho, si no de el que le da de comer", y se la digo mientras le alcanzo otro vaso de agua, porque la doctora nos dijo que tenía que tomar mucha agua, y cuando escucha de mi boca está frase tan suya, ella se ríe otra vez. Porque en el fondo mamá sabe que tengo razón, sabe aunque nunca diga nada, con esos saberes que son cuerpo y no palabra, ella sabe que no hubo un día desde que yo tengo memoria que no estuviera cuidándonos cotidianamente, habitando ese espacio tan delicado que es proteger desde la libertad. Ella sabe que todo esto es culpa suya, que si ahora estamos dándole vueltas alrededor, como lobos defendiendo su guarida, y mi hermano que siempre anda como loco detiene su mundo porque hay que cuidar a mamá, y mi hermana hace meses no descansa para conseguirle todos los turnos, y ya no le molesta cuando le dicen "sos igual a tu mamá", y yo me hago los kilómetros que sean necesarios para acompañarla un poco, si nosotros hacemos lo que hacemos es porque fue mamá la que nos enseñó que el amor es antes que nada un acto, que hay que ofrecerse siempre para alojar el dolor ajeno, a multiplicar hospitalidad y agregar un plato aunque la comida sea poca.
Si, aunque le sea difícil dejarse cuidar, la culpa no es del chancho, y entonces sólo nos queda repetir sus gestos, su continuo maternaje, ese ejercicio constante de desplegar ternura del que nos nutrimos tanto.