De chico aprendí a sonreír
a medias.
Por aquello de
mis dientes torcidos
y la ortodoncia
que no se podía pagar en casa.
Un reflejo,
un mecanismo de defensa
que uno aprende sin saberlo
ante las primeras miradas hostiles,
las primeras burlas,
el primer dolor.
Entonces uno se acostumbra
a esconder sus vergüenzas,
y aprende a salir en las fotos con la sonrisa escondida.
Y aunque algunos hoy insisten
es que ya es tiempo de corregir
este defecto,
hay en mí una suerte de estúpido orgullo
que se resiste.
Es que supongo que en un mundo
que hace de la simetría un mandato,
de la estética una moral,
y de las diferencias una cacería,
tener los dientes torcidos es una
pequeña singularidad,
esa que todos tenemos.
Nada comparado con los que
otros sufren.
Los torcidos de infancia,
privados de ternura,
burlados por su peso,
o perseguidos por su deseo,
su sexo
o su piel.
Por eso ya no me esfuerzo en fingir la foto,
en esconder la sonrisa,
porque creo que
al final de cuentas
nuestras vergüenzas
no son tan nuestras.
Quiero decir,
quizás haya que subvertir
la violencia de ciertas miradas,
reconciliarse con
nuestras genuinas monstruosidades,
para prescindir de una normalidad que no existe,
y defender las vidas que se tuercen,
entre torpes sonrisas,
oblicuos rostros,
imperfectas historias
y sencilla profundidad.
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