Tarda en oírse.
Incluso quizás algunos,
nunca lo escuchen.
Y no debería sorprendernos
esta demora,
esta imposibilidad.
Es que es difícil
escucharse entre tanto ruido.
Es un trabajo engorroso,
esquivo,
frustrante.
Pero a veces,
después de
mucho tiempo,
asoma.
Debajo de tanta basura mediática,
de tanto mandato,
religión
y goce inútil,
debajo de todo eso
que el mundo posterga,
aparece,
latente como un grito,
el deseo propio.
Como una brújula
que siempre tuvimos
y nunca vimos,
un horizonte oculto
tras la niebla de los días,
el deseo irrumpe
y explota.
Y claro que lo propio
es siempre sostenido por los otros,
que para escuchar nuestro pulso,
antes debimos escuchar el pulso ajeno.
Pero cuando el deseo irrumpe
no retrocede,
y todo lo pretérito aburre,
hastía,
cansa,
y ese saber
hasta hace poco
no sabido,
ahora rige nuestras horas.
Se torna imposible ignorarlo,
late brutalmente,
disipa la bruma,
señala la huella,
y empezamos otro andar.
Con nuestras torpezas a cuestas,
con un cúmulo de dudas,
pero con la potencia de
saber que al fin caminamos,
hasta dónde el deseo nos lleve.
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