Quizás fue la mirada
obscenamente puesta
afuera,
y el olvido de mirar
para adentro.
Quizás fue su universo de
de significantes vacíos:
si se puede,
futuro,
mercado,
primer mundo,
yo,
y el imperdonable olvido
de palabras cómo:
infancia,
presente,
techo,
fragilidad,
nosotros.
Quizás se obstinaron en
hacer de lo privado una patria,
y de lo público un adversario.
Quizás se convencieron
de que la política es
un mérito individual,
y olvidaron que lo político
debería ser siempre
una experiencia plural.
O quizás sea que no fue olvido
sino voluntad,
y creyeron,
de verdad creyeron,
(y eso es acaso lo monstruoso),
que el otro es sólo un algoritmo
y no un rostro al cual alojar.
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