sábado, 20 de julio de 2019

Amigos

Lo diré así: Los amigos no se eligen.
Terminemos con este absurdo. Los amigos no son las fruta de un cajón, el vino de una góndola ni una carrera para estudiar. No hay elección en la amistad, por suerte.
Si de mi voluntad dependiera, si los amigos se eligieran, no tengo dudas de que los tendría peores, menos lúdicos, menos profundos, menos idiotas.
Quiero decir, los amigos irrumpen. Justo ahí, cuando no hay posibilidad de decisión, cuando la soledad se hace insoportable y un cuerpo extraño, ajeno, se ofrece.
Los amigos son acontecimientos.
Rupturas con nuestra forma de saber la vida. La oportunidad de ser distintos, de ampliar nuestra percepción del mundo. La amistad es tal vez un espacio nuevo que se ofrece para ser infinitos.
Yo no elegí la escuela, ni el barrio donde la amistad se construyó inmortal. Tampoco elegí que mi adolescencia coincidiera con esos rostros que me salvaron del infierno a base de estupideces, amor, desilusión y cervezas. No elegí al hermano de un amigo que emergió para hacer más leve nuestras soledades, ni al tipo que me cebo un mate en mi primer día de trabajo y se volvió trinchera, ni al primo de una novia que me alojó como una tierra.
No, la amistad no se elige y no será jamás un sustantivo. La amistad es, todo caso, un verbo.
Un otro que se hace carne y sólo después tenemos la posibilidad de elegir el tiempo que nos regalemos junto a ellos. La contingencia que nos empuja a salirnos de la propia quietud. La otredad que nos multiplica, nos ensancha y nos hace mejores de lo que somos.
Si, los amigos no se eligen. Los amigos acontecen.
Los amigos son acaso, la forma que encontró la vida para salvarnos de nosotros mismos.

lunes, 15 de julio de 2019

Rutina

A veces hago un ejercicio
en silencio.
Una suerte de juego bobo.

Te miro desde afuera
como si no te conociera.
Entonces extrañado,
me escindo y pienso:
Cómo me gustaría estar
con alguien como vos.

Me pasa seguido,
cuando jugás con las gatas,
fruncís el ceño preocupada,
lees un libro tirada en la cama,
o te cambias delante mío.

Supongo que es mi modo
de defenderme de la
anestesia diaria,
un modo ingenuo de resistir
a la rutina cotidiana.
.
Y cuando me descubrís,
me mirás interrogativa,
entonces yo,
idiota,
sin pronunciar palabra
termino con mi juego.

Es que no sé cómo
traducir la bruma
en ese instante,
la calma que me invade
al saber que,
en lo irreversible del tiempo,
en lo pequeño de la vida,
vos te detengas a construir
tu mundo junto al mío.
 





domingo, 30 de junio de 2019

Universo

Me pediste un tiempo,
a mi se me cerró el pecho,
y agaché la cabeza
sin saber qué me pedías.

Claro, por entonces
yo no sabía que el tiempo
y el espacio eran una sola cosa,
y que lo que en verdad
necesitabas era una galaxia
sin mi nombre.

Me pediste un tiempo
e inaguraste una lista infinita
de esperas,
el ejercicio de contar las horas,
la arquitectura de lo que ya no será.

Me pediste un tiempo,
unos días para ver que te pasaba,
y asentí sin saber que
un dia eran ochenta y seis mil segundos,
y que cada uno de ellos
podía ser una insoportable eternidad.

Yo ignoraba la relatividad del cosmos,
lo perpetuo de ciertas tristezas,
lo fugaces que pueden ser las alegrías,
las intermitencias del deseo,
y lo vulnerable que nos vuelve amar.

Me pediste un tiempo,
a mi se me cerró el pecho,
agaché la cabeza,
pero entonces yo no sabía
que las estrellas también explotan
cuando se quedan sin aire,
que a la vía láctea la habitan mil soles,
y que somos polvo en infinita expansión.

Me pediste un tiempo,
y en ese momento desconocía,
que en el futuro de mi universo,
en lo efímero de mis días,
el tiempo nunca no se pide,
el tiempo siempre se da.






viernes, 14 de junio de 2019

Deseo

Tarda en oírse.
Incluso quizás algunos,
nunca lo escuchen.
Y no debería sorprendernos
esta demora,
esta imposibilidad.

Es que es difícil
escucharse entre tanto ruido.
Es un trabajo engorroso,
esquivo,
frustrante. 

Pero a veces,
después de
mucho tiempo,
asoma.
Debajo de tanta basura mediática,
de tanto mandato,
religión
y goce inútil,
debajo de todo eso
que el mundo posterga,
aparece,
latente como un grito,
el deseo propio.

Como una brújula
que siempre tuvimos
y nunca vimos,
un horizonte oculto
tras la niebla de los días, 
el deseo irrumpe
y explota.

Y claro que lo propio
es siempre sostenido por los otros,
que para escuchar nuestro pulso,
antes debimos escuchar el pulso ajeno.

Pero cuando el deseo irrumpe
no retrocede,
y todo lo pretérito aburre,
hastía,
cansa,
y ese saber
hasta hace poco
no sabido,
ahora rige nuestras horas.

Se torna imposible ignorarlo,
late brutalmente,
disipa la bruma,
señala la huella,
y empezamos otro andar.

Con nuestras torpezas a cuestas,
con un cúmulo de dudas,
pero con la potencia de
saber que al fin caminamos,
hasta dónde el deseo nos lleve.







miércoles, 5 de junio de 2019

Cama bote

A mí lo que me salva
son esos primeros cinco minutos.
Ahí cuando todavía
en nuestra cama bote
el ruido del mundo no nos alcanza.

Ahí,
entre lagañas,
bostezos,
y pereza 
nuestras piernas
insisten,
se buscan y conversan.

Y en esos momentos
previos a la urgencia
de los días,
hay palabras que están prohibidas:
formulario,
eficacia,
normalidad,
moral
y progreso,
son algunas de ellas

Hay otras que
convocamos con
frecuencia:
frazada,
gato,
sosiego,
miel,
quizás,
y torpeza.

Y tal vez,
esos pocos minutos
que son mil de los otros,
esos que estiramos
entre mate amargo,
proximidad
y silencio
son nuestra pequeña
trinchera.

La manera que nuestra
fragilidad encuentra
para protegerse piel adentro,
del aturdimiento
incesante del afuera.
 
 









jueves, 9 de mayo de 2019

torcido

De chico aprendí a sonreír
a medias.
Por aquello de
mis dientes torcidos
y la ortodoncia
que no se podía pagar en casa.

Un reflejo,
un mecanismo de defensa
que uno aprende sin saberlo
ante las primeras miradas hostiles,
las primeras burlas,
el primer dolor.

Entonces uno se acostumbra
a esconder sus vergüenzas,
y aprende a salir en las fotos con la sonrisa escondida.
Y aunque algunos hoy insisten
es que ya es tiempo de corregir
este defecto,
hay en mí una suerte de estúpido orgullo
que se resiste. 

Es que supongo que en un mundo
que hace de la simetría un mandato,
de la estética una moral,
y de las diferencias una cacería,
tener los dientes torcidos es una
pequeña singularidad,
esa que todos tenemos.

Nada comparado con los que
otros sufren.
Los torcidos de infancia,
privados de ternura,
burlados por su peso,
o perseguidos por su deseo,
su sexo
o su piel.

Por eso ya no me esfuerzo en fingir la foto,
en esconder la sonrisa,
porque creo que
al final de cuentas
nuestras vergüenzas
no son tan nuestras.

Quiero decir,
quizás haya que subvertir
la violencia de ciertas miradas,
reconciliarse con
nuestras genuinas monstruosidades,
para prescindir de una normalidad que no existe,
y defender las vidas que se tuercen,
entre torpes sonrisas,
oblicuos rostros,
imperfectas historias
y sencilla profundidad.



lunes, 6 de mayo de 2019

Hermano

Afuera llovía y me
dijiste que querías la verdad.
Yo miré para abajo dudando,
pensé en decirte que
eso era imposible,
que apenas éramos
fragmentos,
letras de un abecedario
incompleto,
pero sabía que a esta altura mi respuesta
poco importaba.
Que era absurdo, insistías,
que cómo puede ser
tanto dolor,
tanta cobarde contradicción,
tan poco registro
del otro en uno.
Y se me vinieron
algunas fotos,
imágenes en blanco
y negro de un tiempo
en el que soñabamos ser
eso que nunca fuimos.
Tu voz desgarrada,
tus ojos ahogados,
como buceando vaya a saber dónde,
y entonces yo dije
casi excusándome,
que al carajo con eso de la verdad,
que sólo éramos
este pedacito de tiempo,
esta pequeña pausa
entre tanta miseria,
y te llene el vaso de nuevo,
-mientras la tele de fondo
hablaba del dólar,
de índices y muertos-
y no me salió decirte hermano,
-y no sabés como me arrepiento-
que la verdad debería tener la profundidad de
tus silencios,
y el amor insopoortable de tu mirada.